miércoles, 13 de abril de 2005

El sentimiento de culpa y la humildad

Yo nací y fui criado en un país occidental de raíz judeo-cristiana; por tanto, voy a hablar de lo que he experimentado, que es esta formación cultural. Desconozco cómo se ve la culpa y la humildad en otras culturas.

¿Cuál es la concepción cristiana de la culpa?
Según esta religión, basada en el judaísmo, los seres humanos hemos sido creados por Dios, y vivimos en esta tierra para purgar las culpas de Adán y Eva. A partir del pecado original [1], nuestro deber en la vida es seguir las reglas dictadas por Dios. En caso de desviarnos de estas reglas, de cometer un pecado, tenemos la posibilidad de arrepentirnos y pedir perdón a Dios, el cual, gracias a su misericordia, nos perdonará y absolverá. De acuerdo con esto, tenemos tiempo hasta el último instante de nuestra vida para arrepentirnos de nuestros pecados y, mediante el perdón de Dios, ser expiados de nuestras culpas. De esto se concluye que no importa tanto lo que hagamos como el hecho de que seamos capaces de arrepentirnos antes de morir, sentimiento de culpa mediante. Si no existiera este sentimiento, tampoco existiría el arrepentimiento y, por tanto, tampoco tendríamos el perdón de Dios, con lo cual no podríamos acceder al Paraíso. Por otro lado, dado que al nacer ya somos culpables por el pecado original, nadie escapa a la obligación de arrepentirse de sus culpas.

¿Y qué es la humildad para el cristianismo?
Todos somos hijos de Dios y estamos sometidos a su voluntad. Nada ocurre si Él no lo quiere. Nuestra capacidad es muy limitada, dado que en cualquier momento Dios podría decidir limitarla según su sabio entender. La humildad es reconocer este hecho, aceptarlo y someternos a Su voluntad.

¿Cómo se relacionan el sentimiento de culpa y la humildad en el cristianismo?
Dado que somos criaturas de Dios y que estamos expiando el pecado original, debemos someternos humildemente y pedir perdón por nuestros pecados. Según el cristianismo, humildad, culpa, arrepentimiento y perdón van indisolublemente unidos. Quien es humilde, reconoce sus culpas y solicita el perdón divino; quien no es humilde, no se somete a la voluntad de Dios y por tanto no se arrepiente de sus pecados, no se siente culpable de haberlos cometido.

Esta es la tradición cultural en la cual he sido educado, no sólo por mi ambiente más inmediato sino sobre todo por el paisaje cultural en el cual he crecido. Tal vez podría no haber nacido en una familia cristiana, pero de todos modos esta visión del mundo me hubiera influido. Desde luego, incluso aquellos que no creen en el cristianismo, pero se han formado en una sociedad cristiana, están condicionados por esta mirada.

Ahora veamos qué entendemos y sentimos habitualmente respecto de la culpa y la humildad, más allá de lo que diga el cristianismo.

¿Cuándo experimentamos sentimiento de culpa?
Lo experimentamos cuando hacemos algo que consideramos no deberíamos haber hecho. Para esto es necesario que creamos que podríamos haber hecho otra cosa.

¿Qué entendemos por humildad?
Entendemos que una persona humilde es aquella que reconoce sus propias limitaciones, alguien que no se considera omnipotente sino que conoce sus “defectos” [2].

Si reflexiono acerca de lo que experimento como sentimiento de culpa y lo que entiendo que es la humildad, llego a la conclusión de que en realidad la humildad y la culpa no están unidos; es más, considero que son opuestos. Veamos por qué.

Nos sentimos culpables porque pensamos que hemos hecho algo que no deberíamos, pero si soy humilde y reconozco mis limitaciones, debo forzosamente reconocer que puedo equivocarme, que puedo cometer “pecados”, ya que no soy perfecto. Cuanto más humilde soy, más me doy cuenta que puedo fallar en algunos aspectos, que no siempre podré comportarme según creo que debería hacerlo.

Si observamos con detenimiento, veremos que no siempre que nos equivocamos nos sentimos culpables. En algunos campos, donde no nos consideramos expertos, solemos equivocarnos y aceptarlo con naturalidad, sin culpa, porque sabemos que no somos perfectos, no nos colocamos en un pedestal en ese ámbito. En cambio, en otros campos, cuando cometemos un error sí nos sentimos culpables, porque consideramos que en ese ámbito no deberíamos equivocarnos nunca; aquí sí nos subimos al pedestal, aquí no somos humildes.

Poniendo dos ejemplos sencillos: si me considero un gran conductor, cuando cometo un error y provoco un accidente, me siento mal, me digo cosas como “¡cómo pude cometer este error, yo, que soy tan buen conductor!”. En cambio, si me considero un conductor regular o malo, si soy humilde, el día que cometo un error de conducción no me sorprendo, lo acepto con normalidad, porque se corresponde con la imagen que tengo de mí mismo.
Llevado a un terreno más personal, donde aflora con más frecuencia el sentimiento de culpa, si me considero una persona muy bondadosa, cuando no me comporte según esa creencia de mí, tal vez me sienta culpable. Si fuera humilde, sabría que no siempre soy tan bondadoso, y aceptaría las conductas poco bondadosas como algo lógico.

Por tanto, yo veo el sentimiento de culpa como un indicador de falta de humildad. Cuando me siento culpable, sé que no estoy siendo humilde, que me estoy sobrevalorando en algún aspecto.

Por supuesto que yo reniego del sentimiento de culpa, porque considero que no aporta nada positivo al desarrollo humano ni a la felicidad; no obstante, reconozco que a veces me aflora, y en esos casos intento observarlo y estudiarlo, para ver qué puedo aprender de esa circunstancia (sería un contrasentido que me sintiera culpable... ¡por sentirme culpable!).

Por otro lado, la culpa nace de una mirada externa, de un “deber ser” que me impongo (o que acepto que otros me impongan). Si partimos de nuestra propia experiencia vital, la culpa no tiene cabida, porque no existe ese “deber ser”. Y si incorporo unos determinados valores por propia convicción, no me sentiré culpable el día que no me comporte según ellos, porque han nacido de mí; en todo caso, aprovecharé la oportunidad para revisarlos, ya que si verdaderamente son valores que siento en mi interior, siempre me comportaré según estos.

En cuanto a la humildad, considero que ella no es ni más ni menos que lo que hemos dicho más arriba: la capacidad de conocer los propios límites. No por ser humilde me sentiré menos que una hormiga; es más, podré reconocer mi potencialidad infinita (y reconociéndola en mí la reconozco en otros) sin dejar de conocer mis límites, los cuales “aspiro” a superar. Sócrates decía que cuanto más se aprende más se descubre lo que falta por saber; este es un buen ejemplo de humildad, y de hecho podemos comprobarlo fácilmente, ya que en aquellos ámbitos donde más investigamos y aprendemos, más vamos conociendo la amplitud de dicho ámbito, y más vamos descubriendo todo lo que nos falta por aprender.

Notas

1. El Nuevo Testamento fue escrito el griego; al parecer, en ese idioma la palabra que se utiliza por “pecado” podría ser perfectamente traducida como “error”, lo cual tiene una carga psicológica muy distinta. No obstante, la iglesia ha elegido extender el concepto de pecado antes que el de error.

2. Esta palabra es muy desagradable porque implica una valoración; por tanto, no es estrictamente una descripción sino que es una “interpretación”; sin embargo, la utilizo porque es de uso común.