sábado, 28 de mayo de 2005

El comportamiento irracional

El interés de esta ponencia es analizar el comportamiento desde el punto de vista de su racionalidad o irracionalidad. Intentar describir cuáles son las conductas racionales o irracionales, e intentar dar una posible explicación.

Algunas definiciones

Para comenzar, debemos establecer algunas definiciones, que serán las que utilizaremos a lo largo del texto. Empezaremos por definir el comportamiento, como las acciones personales que conforman una forma de relación con el mundo. Luego, definiremos lo racional como aquello que es intencional, consciente, elegido, no dependiente de otros condicionamientos. Por último, diremos que lo irracional es lo no racional, lo mecánico. A su vez, es necesario aclarar que cuando hablamos de algo consciente, no pretendemos adoptar un modelo que incluye un subconsciente y un inconsciente. Creemos que todo ocurre dentro de la conciencia, y lo que está afuera, lo que sería inconsciente, es por definición desconocido para la conciencia y por tanto para nosotros. De tal modo, al decir que algo es consciente, queremos destacar que nos damos cuenta de ello, hablamos de un mecanismo de reversibilidad.

Habitualmente, por acción racional se entiende aquella que parte de la cabeza, de la inteligencia. En esta ponencia adoptaremos otro punto de vista, ya que hay acciones que, bajo una apariencia de racionalidad, no tienen un origen voluntario, elegido; es decir, esa “racionalidad” está condicionada por factores totalmente irracionales, involuntarios. A la inversa, podremos encontrar ocasiones en que una acción aparentemente irracional está impulsada por una elección consciente. Evidentemente, consideramos que no todas las acciones son elegidas consciente y libremente.

Lo racional y lo irracional

Creamos un eje y situamos lo racional en un extremo y lo irracional en el opuesto. La acción la situamos en medio, tendiendo hacia un extremo u otro.


En realidad, hay un solo tipo de acción, y los extremos de lo racional y lo irracional forman parte de un mismo eje. No existe lo racional y lo irracional como estados separados; ni siquiera podemos considerarlos estados con un área común. No existen tales estados. Los extremos del eje de la acción jamás se alcanzan porque son ideales, y por tanto no podemos caracterizar una acción como “puramente” racional o irracional; todo acto tendrá componentes racionales e irracionales. Entonces, cuando hablemos de acción irracional, sabremos que estamos diciendo “acción con un alto componente de irracionalidad”.

Vamos a equiparar lo racional con lo intencional, lo elegido, es decir, aquello que hemos decidido intencionalmente, que no se nos ha impuesto desde fuera ni desde dentro. Es un acto elegido libremente. Además, lo racional es consciente, o sea que tenemos consciencia de ello, sabemos qué nos está ocurriendo en ese momento.

Una acción o conducta puede ser consciente pero no por ello voluntaria ni elegida. Puedo darme cuenta de algo que estoy haciendo, pero esta acción puede ser algo que me sucede; por ejemplo, una reacción intempestiva ante un estímulo. Una acción racional debe ser intencional (no en el sentido fenomenológico), debemos “querer hacerla”; si me obligan a hacer algo, puedo aceptar hacerlo pero no por ello es voluntario, ya que estoy obligado a ello. Una acción racional debe ser elegida libremente, y esto implica que sea voluntaria y, además, que tampoco esté condicionada por factores internos. Tal vez no haya nadie que me esté obligando; no obstante, hay condicionamientos internos que me impulsan a ello; en este caso, desde el punto de vista adoptado, no es una acción libremente elegida.

Todas las acciones suelen estar condicionadas por elecciones anteriores; en este caso, el carácter de racionalidad o irracionalidad de dichas acciones estará dado por la elección previa. Así, puedo realizar algo de modo automático, pero tendiente a un fin que ha sido elegido previamente, de modo racional; por tanto, podemos considerar dicha acción como racional. Inversamente, puedo hacer algo de modo pensado, pero el fin al cual tiende no ha sido elegido conscientemente; por tanto, podemos decir que esta acción, pese a su aspecto, es irracional.

Una posible redefinición del comportamiento irracional sería: “Acciones que conforman una relación con el mundo, que no son totalmente elegidas sino que están condicionadas por determinados factores ajenos a la libre elección de uno.”

Factores que condicionan la conducta

Como ya dijimos, la conducta puede estar condicionada por diversos factores, que los podemos dividir en internos (pertenecen al sujeto, están dentro nuestro) y externos (pertenecen al mundo, se producen fuera de nosotros). En esta exposición, nos interesa estudiar los internos, que están determinados por una cierta predisposición “genética” o “innata”, por la propia biografía y por el paisaje de formación[1]. En cambio, los externos dependen de las demás personas, de la historia y del paisaje social.

La liberación de los factores externos depende en buena medida del avance que se vaya produciendo en la sociedad en esa dirección. En cuanto a los factores condicionantes internos, estos serán menores en la medida en que crezca el conocimiento de uno mismo. No nos interesa tanto estudiar cómo ni por qué se producen, sino cómo actúan sobre nosotros y qué podemos hacer ante ellos.

El primer factor interno es lo innato, que biológicamente quizás se pueda definir como “lo genético”. Sea como fuere, lo innato es aquello con lo cual venimos al mundo, aquello que no se adquiere con el correr del tiempo. En este contexto, podemos clasificar a los individuos en cuatro “tipos humanos”[2] que determinan ciertas tendencias en la conducta:
  • tipo vegetativo: se tiende a dedicar más energía a la actividad corporal interna;
  • tipo motriz: se tiende a dedicar más energía a la actividad corporal externa;
  • tipo emotivo: se tiene tendencia a dedicar más energía a la emoción;
  • tipo intelectual: se tiende a dedicar más energía a la actividad del intelecto.
Lo innato no predispone hacia una mayor o menor irracionalidad; son cuestiones distintas. No se puede suponer que un intelectual tiene más facilidad para comportarse racionalmente, de acuerdo con la definición que hemos usado para el comportamiento racional.

El segundo factor interno es la biografía. Se trata de la historia personal, los acontecimientos que nos van ocurriendo desde el nacimiento. En este caso, los primeros años de la infancia son decisivos en la conformación del comportamiento, porque es allí donde se elaboran las estrategias conductuales que, con mayor o menor éxito, se seguirán aplicando el resto de la vida.

La biografía es un aspecto muy estudiado por las distintas escuelas psicológicas, y hay poco que agregar. Quizás, aclarar que en el campo de lo biográfico incluimos todo aquello que nos ha ocurrido en nuestra vida, más aquellos acontecimientos que acontecieron en nuestro medio inmediato: familia, amistades, etc.

El tercer factor es el paisaje de formación. Este paisaje configura en buena medida nuestra forma de ver el mundo, principalmente la valoración que hacemos de las cosas. Podríamos definirlo como el “ambiente cultural”, el ámbito epocal y geográfico en el cual nos hemos formado, un ambiente constituido por objetos tangibles (vehículos, edificios, ropajes, objetos en general) e intangibles (valores, ideales personales y grupales, motivaciones sociales, etc.). Es fácil comprender cómo una persona, con el mismo tipo humano y la misma biografía, se comportaría de modo completamente distinto, según se haya formado en el paisaje humano del Egipto antiguo, de la Grecia clásica, de la Edad Media, de la Ilustración o de finales del siglo XX.

Funcionamiento del psiquismo

En este breve análisis, intentaremos destacar los elementos del psiquismo, vistos de un modo estático, y las relaciones entre dichos elementos, dando dinámica al circuito. De ningún modo este esquema elemental pretende sustituir un estudio más profundo, que sería necesario si uno quisiera ahondar en estos temas.

El psiquismo se alimenta de estímulos y recuerdos. Los estímulos son sensaciones que llegan a mi conciencia a través de los sentidos externos (vista, oído, tacto, olfato y gusto) e internos (cenestesia y kinestesia). Los recuerdos son, estrictamente, datos alojados en la memoria, que son proporcionados a la conciencia constantemente, en función de los estímulos que van llegando, y que también pueden ser recuperados mediante el mecanismo de evocación, que permite a la conciencia ir a buscar aquellos recuerdos que desea. Genéricamente, podemos decir que tanto los estímulos como los recuerdos son impulsos[3] o señales que llegan a la conciencia desde los sentidos o la memoria, y que son traducidos en imágenes mediante las vías abstractivas o asociativas.

Las sensaciones que llegan al psiquismo son estructuradas en percepciones. Así, la conciencia no trabaja directamente con las sensaciones sino con estructuras de estas, que llamamos percepciones. Describiendo, podemos destacar que un sentido capta un objeto más todos los otros objetos copresentes; a su vez, todos los sentidos actúan simultáneamente, incluidos los sentidos internos; esto hace que una percepción se componga no sólo de lo que capta un sentido sino lo que están captando todos los sentidos en ese mismo momento. En la memoria, se graban estas percepciones, no las sensaciones aisladas. Además,toda percepción es completada por datos de memoria; es decir que, en el momento de captar alguna señal por la vía de uno o más sentidos, esta señal es complementada con datos de memoria. Este conjunto de sensaciones de todos los sentidos más los datos de memoria adjuntos es lo que podemos definir como una percepción. En esta percepción vamos a encontrar los elementos que estaban en primer plano, aquellos a los cuáles prestábamos atención, más todo un conjunto de elementos adicionales, copresentes, incluyendo los datos de memoria.

Frente a estos estímulos, el psiquismo reacciona dando respuestas. Estas respuestas se pueden clasificar en cuatro tipos: vegetativas (actúan sobre el propio cuerpo), motrices (movilizan al cuerpo), emotivas (movilizan respuestas emotivas) e intelectuales (movilizan respuestas intelectuales). Así, podemos hablar de cuatro centros de respuesta. Estos centros, al igual que los sentidos, están en permanente actividad, aunque su intensidad pueda variar, predominando uno sobre los demás. Además, actúan concomitantemente, porque son simultáneos e interactúan y se influyen entre ellos. Una gran actividad motriz hará bajar la energía disponible para la emoción y el intelecto, y lo mismo ocurre con cualquier otra combinación de centros. Cuando estamos enfermos, por ejemplo, nuestro centro vegetativo absorbe casi toda la energía disponible, y por ello debemos guardar cama, se nos dificultan las actividades intelectuales y nuestro estado emotivo es más bien neutro.

En este esquema del funcionamiento del psiquismo, la conciencia actúa como coordinador de sus actividades; recibe estímulos y recuerdos (en definitiva, impulsos), que traduce en imágenes que transportan cargas a los centros de respuesta. Haciendo un primer resumen: nos llegan estímulos (externos e internos) y datos de memoria. Tanto unos como otros viajan como impulso hacia la conciencia, donde son traducidos por ésta en imágenes. Estas imágenes, a su vez, viajan hasta los centros de respuesta transportando carga, que permite efectivamente dar una respuesta, que puede ser vegetativa, motriz, emotiva o intelectual, o cualquier combinación de estas.

La conciencia también trabaja como registrador, como aparato que registra las actividades de los sentidos, la memoria y los centros. Cuando decimos “registra” podríamos también decir “experimenta”; es decir, la conciencia “tiene conciencia” del funcionamiento del psiquismo. Todo lo que ocurre en el psiquismo es registrado, es experimentado por la conciencia, y es almacenado en la memoria.

En todo este esquema, un elemento primordial son las imágenes. Una imagen es la representación de un estímulo externo o interno, y también la representación de un dato de memoria. A su vez, las imágenes son las que portan la carga hacia los centros de respuesta; por tanto, son las imágenes quienes movilizan las respuestas, y éstas no son una respuesta automática a los estímulos.

Es importante aclarar que una imagen no es sólo visual: existen imágenes auditivas, olfativas, gustativas, táctiles, cenestésicas y kinestésicas. En rigor, una imagen suele estar compuesta por todas estas variantes sensoriales. Cuando imagino un dolor de muelas, no “me veo” a mí mismo como doliéndome la muela, sino que puedo llegar a sentir dicho dolor; en este caso, está actuando una imagen cenestésica, que puede llevar carga al centro vegetativo para responder ante ese dolor, aunque sólo sea imaginario. Simultáneamente, puede haber imágenes visuales, auditivas, olfativas, etc., asociadas a ese dolor de muelas.

Como representación de un estímulo, podemos comprobar que, si cierro los ojos, puedo representarme internamente el objeto que estaba viendo con los ojos abiertos; si me tapo los oídos, puedo representar el sonido que estaba oyendo y así siguiendo; pero también ocurre que, aunque mis sentidos estén abiertos y percibiendo, no son estas sensaciones las que llegan a la conciencia, sino las percepciones que se traducen imágenes, y estas representaciones ocurren en simultáneo con la percepción, de modo que la representación interna se superpone a lo percibido por los sentidos. De modo similar, los recuerdos, aunque sean “datos de memoria”, se traducen en la conciencia como imágenes.

Organizando lo dicho hasta aquí, vemos que los estímulos llegan a la conciencia como percepción, y que toda percepción va acompañada de datos de memoria. Sin estos datos, sería imposible que fuéramos capaces de reconocer nada; siempre estaríamos comenzando nuestra vida, incapaces de ir acumulando experiencia, que nos permite un mayor ahorro energético en el mundo. A su vez, estas percepciones, las imágenes que son su traducción y las respuestas que damos son grabadas en la memoria, realimentando el circuito.

Pero esta misma experiencia puede engañarnos, haciéndonos creer que aquello que estamos percibiendo es similar a aquel dato que tenemos grabado de hace años, y merced a esta grabación vamos a tender a dar una respuesta, que tal vez fue adecuada en su momento, ante el estímulo de ese momento, pero que hoy puede resultar del todo inadecuada, bien porque el estímulo no es en realidad el mismo, bien porque las circunstancias han cambiado, y lo que funcionó en un momento uno puede no funcionar en un momento dos. Aquí encontramos un primer origen para la conducta irracional, ya que todo este proceso opera mecánicamente, aunque podríamos llegar a ser conscientes de él.

Las respuestas dadas surgieron a partir de imágenes y cumplieron con la función de descargar tensiones. En el tiempo, tendemos a repetir estas respuestas grabadas previamente. Podría ocurrir, no obstante, que algunas de estas respuestas (movilizadas por imágenes inadecuadas) no sirvan en el momento actual para cumplir correctamente con su función.

En cuanto a la traducción de las percepciones en imágenes, ésta también se realiza en base a grabaciones anteriores, donde se ha codificado determinada imagen asociada a determinada percepción. Así, por ejemplo, la imagen de un bistec puede estar asociada a la sensación de hambre, y movilizar consecuentemente la conducta en la dirección de conseguir un bistec para calmar ese hambre que sentimos. Sin embargo, algunas imágenes han dejado de cumplir correctamente su función, porque el tiempo ha pasado y las situaciones ya no son las mismas. Por ejemplo, de pequeño obtenía buenas notas en el colegio y recibía como consecuencia el reconocimiento de mis padres; en la actualidad, para obtener el reconocimiento de los demás, demuestro que soy muy estudioso e inteligente, ¡pero no consigo nada porque los que están de moda son los futbolistas, a ser posible guapos y millonarios!

Estas imágenes se dan en algún lugar. A ese lugar le llamamos “espacio de representación"[4]. Podemos definir al espacio de representación como una suerte de “pantalla mental” tridimensional, en donde se proyectan y emplazan las imágenes. Las imágenes se deben dar en algún lugar. Cuando veo una imagen, la veo en algún lado; cuando siento una imagen, la siento en algún lado. El E.R. parece coincidir aproximadamente con el propio cuerpo. Una imagen concreta se puede emplazar en un lugar u otro del E.R., y de este emplazamiento dependerá en parte la acción que movilice. No produce el mismo efecto una imagen ubicada en la parte superior de dicho espacio (que suele ser más luminoso, tal vez por su proximidad con la ubicación de los ojos en el cuerpo) que una ubicada en la parte inferior (que suele ser más oscuro). A su vez, las imágenes configuran argumentos dentro de este espacio, como si cobraran vida propia. Las imágenes no son como fotos estáticas sino que tienen movilidad e interactúan entre sí. Por eso podemos decir que hay un argumento desarrollándose.

Resumiendo nuevamente el circuito, a la conciencia llegan estímulos como percepciones. Estas percepciones van acompañadas de datos de memoria. Esta masa de impulsos o señales es traducida por la conciencia en imágenes, y estas imágenes movilizan una acción hacia el mundo.

Esquema del psiquismo


Un estímulo externo llega al psiquismo a través de uno o más Sentidos externos (vista, oído, tacto, gusto, olfato) como sensación, o bien una sensación interna llega al psiquismo a través de un Sentido interno (cenestesia, kinestesia); esta sensación llega como Percepción a la Conciencia y simultáneamente se graba en Memoria; a su vez, de Memoria se disparan recuerdos que también llegan a Conciencia. En Conciencia estas percepciones y recuerdos se traducen en imágenes que actúan sobre los Centros de Respuesta; esta respuesta es detectada por los Sentidos y la Conciencia, que así tiene noción de las operaciones que se efectúan, grabándose además en Memoria dicha respuesta.

Niveles de conciencia

Distinguimos distintos niveles de actividad de la conciencia:
  • Sueño: al dormir, la fuerza de las imágenes es total; no existe la crítica ni la autocrítica.
  • Semisueño: al salir del sueño o entrar en él; estado intermedio entre el sueño y la vigilia.
  • Vigilia: modo habitual de estar en el mundo.
Estos tres niveles de conciencia no son independientes, sino que actúan simultáneamente todo el tiempo; lo que ocurre es que un nivel predomina sobre los otros en cada momento.

En vigilia (nuestro estado habitual cuando estamos despiertos), el sueño y semisueño siguen actuando, realizando asociaciones libres[5] con toda señal que va llegando, aunque al ser predominante la vigilia también operan las abstracciones. En este nivel, los sentidos externos tienen predominancia sobre los internos.

En el nivel de sueño ocurre lo contrario, predominando los sentidos internos sobre los externos y la vía asociativa sobre la abstractiva. Es en este nivel donde se puede observar mejor las traducciones que realiza la conciencia en imágenes de aquello que le llega como impulso. Así, un ardor de estómago puede ser traducido como un incendio que me devora; un pliegue de la sábana como unas correas que me tienen atado en una celda; el sonido de un timbre como unas campanadas que anuncian un entierro o un casamiento, etc. No obstante, no se debe creer que dichas traducciones ocurren sólo en el mundo onírico. También ocurren en vigilia, y aquí encontramos otro origen del comportamiento irracional.

Un elemento que interviene en nuestro estado mental, siendo más fuerte en los niveles más bajos de la conciencia, son los ensueños (o divagaciones). Los caracterizamos como aquellas imágenes o pensamientos copresentes pero ajenos a la actividad que se está desarrollando. Estos ensueños se alimentan de la materia prima de la memoria y surgen como respuesta de la memoria a los estímulos que se van sucediendo; pueden disparar cadenas asociativas que siguen la línea del estímulo (por ejemplo, coche-tren-viaje-vacaciones-trabajo-salario-economía-etc.) o bien, dado que en la memoria se almacenan estructuras de percepción más complejas, un estímulo se puede asociar a elementos de otro plano (coche-tren-ofensa familiar-ira contra el conductor del coche del estímulo original).

Un factor clave en la conducta, referido a los niveles de trabajo de la conciencia, es la atención. En vigilia, la fuerza de los ensueños es inversamente proporcional al nivel atencional; cuanto mayor es la atención, menor es la ensoñación, y viceversa. Como ya dijimos, todos los niveles de conciencia actúan simultáneamente. Cuanto más alto sea el nivel vigílico (o sea, más atento) menor será la influencia de los niveles más bajos. En general, cuanto mayor es el nivel atencional, mayor es el nivel de reversibilidad, crítica y autocrítica. Inversamente, cuanto menor el nivel atencional, más asociación libre y menos crítica y autocrítica. Particularmente, en momentos bajos de energía (por cansancio, enfermedad o estrés, por ejemplo), la fuerza de los ensueños es tal que movilizan la conducta hacia el mundo de modo totalmente irracional. Sin embargo, estos ensueños no surgen sólo en momentos de cansancio, sino que forman parte de nuestra actividad cotidiana.

Existen ensueños de mayor fijeza o repetición. Estos ensueños tienen en común un cierto clima o tono mental. A ese clima o tono mental lo llamamos núcleo de ensueño[6]. Podemos utilizar la estructura del átomo como analogía: los electrones giran en torno a un protón; en este caso, el núcleo de ensueño sería el protón y los ensueños los electrones.

El núcleo de ensueño no es un objeto ni una imagen, sino un trasfondo que opera detrás de la conciencia, orientando las imágenes. El núcleo de ensueño es como la punta de nuestra nariz: va delante nuestro todo el tiempo, y sin embargo no lo vemos. Cuando se dice que uno “elije el fin u objetivo vital”, en realidad se está hablando de un núcleo de ensueño que guía nuestra conducta. Este núcleo de ensueño no es elegido conscientemente. No obstante, cuanto mayor sea el nivel atencional menor será la fuerza de ese núcleo. Además, merced a trabajos de los cuales hablaremos más adelante, se puede llegar a conocer ese núcleo y modificarlo.

Funcionamiento de la acción

¿Cuál es el mecanismo por el cual realizamos una acción en el mundo? Rudimentariamente, podemos decir que tenemos necesidades y deseos que intentamos satisfacer. Para ello, realizamos acciones en el mundo en esa dirección. Pero un deseo no se convierte automáticamente en una acción; si decimos que el deseo (o la necesidad) está dentro nuestro, en lo más profundo, y las acciones están fuera, vemos que hay un proceso en medio, por el cual ese deseo interno se convierte en acción externa. Antes de transformarse en acción, las necesidades y deseos son procesados por la conciencia; ésta traduce esos deseos en imágenes[7], y son estas las que guiarán la conducta hacia el mundo.

Por tanto, son las imágenes las que movilizan la acción (las respuestas) hacia el mundo. Estas respuestas se ubican en el eje que va entre lo racional y lo irracional. Cuanto más racional, se tiene mayor conciencia, se puede elegir la respuesta o incluso diferirla. Inversamente, cuanto más irracional, el proceso es más automatizado y las respuestas más mecánicas.

La traducción de las señales que llegan a la conciencia en imágenes es un proceso autónomo, en el cual no podemos intervenir directamente, pero sí podemos ir siendo más concientes de dicho proceso. Además, podemos estudiar cómo y por qué traducimos determinados impulsos (o señales) en determinadas imágenes, y podemos “recodificar” dicha traducción, disociando esos impulsos de esas imágenes, y asociándolos con otras; para ello, disponemos de técnicas transferenciales[8], que veremos más adelante.

En cuanto a la posibilidad de diferir la respuesta, vemos que dada una situación, la imagen anticipatoria actúa sobre la conciencia como un segundo estímulo. La conciencia, si está atenta, puede elegir y postergar la respuesta grabada (mecánica) frente al estímulo. Dicho de modo más simple, cuando tengo un deseo surge una imagen que traduce ese deseo. Si estoy atento, puedo observar esa imagen, que también es capturada por la conciencia, y elegir lanzar la respuesta inmediatamente o bien diferirla. Si no estoy atento, lanzaré la respuesta automáticamente, sin saber bien por qué lo estoy haciendo (aunque con posterioridad puedan aparecer las justificaciones al respecto).

Como hemos visto, las imágenes movilizan la acción, pero también puede ocurrir que compensen el deseo. Una vez definida la imagen, puedo lanzarme al mundo para concretarla. Cuanto más definida sea dicha imagen, mejor se podrá cumplir. Pero puede ocurrir que una imagen no movilice al cuerpo sino que se quede bloqueada en la conciencia. No obstante, el deseo se aquieta por el efecto compensatorio de dicha imagen; cuanto mayor es la necesidad o el deseo, más grandes son las imágenes compensatorias. Es claro que la compensación no hará desaparecer nunca el deseo, sólo lo calmará.

Por último, a veces sucede que una imagen no adecuada moviliza la conducta en una dirección equivocada, cuyo resultado será que el deseo no se satisfaga.

Cuando se satisface un deseo, se produce una distensión momentánea, registrada como placer. Pero dado que la conciencia no puede permanecer inactiva (por el mecanismo de intencionalidad), surge otro deseo que buscamos satisfacer. De acuerdo con este esquema, es imposible que lleguemos a satisfacer todos nuestros deseos alguna vez. Podríamos hacer una lista de deseos cerrada e ir completándolos, pero para cuando llegáramos al final, ya tendríamos otra lista igual de larga que la primera. Tal vez por esto se dice que es rico no quien tiene mucho sino quien necesita (o desea) poco.

La “persecución” del deseo siempre nos devuelve al mismo punto de partida, ya que hay expectativas asociadas. Éstas son las que traen aparejado el sentimiento de frustración, cuando comprobamos que al cumplir un deseo, la distensión es momentánea, y al poco tiempo ya tenemos otro deseo que reemplaza al anterior, con la misma intensidad. El deseo se puede estudiar en uno mismo, comprenderlo y a partir de ahí operar sobre él. Seguramente quien conoce sus deseos y no se deja arrastrar impunemente por ellos es capaz de una actividad más racional en el mundo.

Ahora bien, ¿por qué tiene uno los deseos que tiene y no otros? La clave tal vez esté en la búsqueda de la felicidad, o el intento de superar el dolor y el sufrimiento. Los deseos manifiestan aquello que creo me hará feliz, o sea me ayudará a superar ese dolor y ese sufrimiento; por tanto, la raíz está en esas creencias, que vienen dadas, en buena medida, por la propia biografía y el paisaje de formación.

Resumiendo, partimos de determinadas sensaciones que llamamos dolor (cuando son corporales) y sufrimiento (cuando son mentales). Estas sensaciones son un acicate que nos impulsa a neutralizarlas. Para aliviar estas sensaciones, como respuesta, surgen deseos que están conformados en gran parte por creencias que no son elegidas ni intencionales ni concientes. Estos deseos son procesados por la conciencia, que los configura en imágenes. Las imágenes pueden movilizar a la acción en el mundo o bien, si existe algún bloqueo, actúan compensando ese dolor o sufrimiento básicos. En última instancia, todo este esquema tiende a movilizar nuestra conducta, nuestra forma de comportarnos en el mundo, orientándola hacia aquello que creemos nos hará más felices.

La estructura yo-mundo

Tal como lo vivenciamos habitualmente, distinguimos un mundo interno y un mundo externo. Al mundo interno lo identificamos con uno mismo, con “yo”. Esta palabra es muy ambigua, ya que, por un lado, define una estructura de memoria más sensación, a la cual tenemos asociada nuestra identidad, y por otro lado define “alguna otra cosa” que no es ni la memoria ni las percepciones. Podemos hablar “del yo” en cuanto estructura de memoria y sensación, pero esto no será lo mismo que decir “yo soy”, pues “yo no soy mi memoria ni mis sensaciones”. Desde un punto de vista más interno, el propio cuerpo forma parte del mundo externo, y no de “yo”. La conciencia sería el enlace, el punto de unión entre “yo” y el mundo (incluido mi cuerpo).

Dijimos que partimos de los deseos (o las necesidades) sin entrar a valorarlos, simplemente tomando nota de su existencia. Estos deseos pueden ser más racionales (concientes, elegidos, voluntarios) o más irracionales (mecánicos, compulsivos). Estos deseos se manifiestan como actos en el mundo, y estos a su vez parten de la conciencia buscando objetos que los completen, según el mecanismo de intencionalidad de la conciencia.

La conciencia lanza actos permanentemente, no puede permanecer inactiva ni detenerse. No hay acto sin objeto: todo acto persigue un objeto, aunque en un momento A ese objeto pueda no ser conocido. Es decir, a veces la conciencia lanza actos en la búsqueda de un objeto, pero no tiene definido cuál es ese objeto. No obstante, sí hay un acto que está buscando. Desde el punto de vista opuesto, no hay objetos para la conciencia si no hay actos. La conciencia no recibe pasivamente estímulos sino que activamente busca los objetos que le interesan. Dicho de una manera vulgar, la conciencia (nosotros) ve lo que quiere ver.

No podemos anular o engañar al mecanismo de intencionalidad; la conciencia necesita materia prima para trabajar. Esta materia prima es proporcionada por las percepciones, que concomitan con los datos de memoria; no obstante, si elimino los estímulos sensoriales (como en las experiencias en cámaras de supresión sensorial), la conciencia los reemplaza por imágenes que se conforman a partir de los datos de memoria, actuando estos como materia prima, impidiendo que se corte la actividad intencional. Si intento aislar el acto del objeto, para estudiar el acto “en sí mismo”, descubro que ese acto ya se ha transformado en objeto. Concluimos que los actos y los objetos están indisolublemente unidos en nuestra conciencia, observamos una estructura indivisible.

A esta estructura la llamamos “estructura acto-objeto” pero también podríamos llamarla “estructura mundo interno-mundo externo” o bien “estructura yo-mundo”. Ya diversas religiones, filósofos y psicólogos hablan, con distintos términos, de la separatidad que experimentamos con el mundo, y dicen que la búsqueda última de todo ser humano es la búsqueda de la unión de uno con el mundo (o con el Todo). Esta separatidad que se experimenta no es una esquizofrenia que debe ser “curada” sino una búsqueda profunda de unión con el mundo, empezando por la propia coherencia interna y siguiendo por los seres más cercanos. Dicha separatidad también la observamos en nosotros mismos, cuando vemos que muchas de nuestras acciones, nuestros deseos y aspiraciones, no son elegidos concientemente sino que son irracionales, mecánicos, como si no provinieran de uno. No nos sentimos “unidos con nosotros mismos”, porque, si observamos en profundidad, descubrimos que no gobernamos plenamente nuestra vida, que todas nuestras acciones tienen un componente de irracionalidad que a veces es pequeño y otras muy grande. Muchas veces no elegimos nuestra conducta inmediata, pero aun cuando la elegimos, podemos ver que el origen de esa conducta está más atrás y es más oscuro, más desconocido para nosotros.

Ante los estímulos que recibimos del mundo, podemos clasificar esquemáticamente (aun cuando en la práctica las cosas son más complejas) las respuestas que damos en tres tipos:
  • irracionales, cuando la acción se produce “a pesar nuestro”, cuando reaccionamos de una forma que no desearíamos si pudiéramos controlar mejor nuestra conducta;
  • racionales auténticas, cuando comprendemos la situación y damos una respuesta adecuada y elegida, con pleno encaje interno;
  • racionales falsas, cuando damos una respuesta formal, que reviste la apariencia de racionalidad, pero que en el fondo está condicionada por factores no elegidos, y que nos deja un sabor de contradicción interna.

Hacia la racionalidad

Si quisiéramos ir adquiriendo un comportamiento más racional, más elegido, más voluntario, más libre, menos condicionado por los factores antes mencionados, podemos tener en cuenta ciertos aspectos:
  • El conocimiento de uno mismo
  • La atención
  • La asociación entre estímulos, datos de memoria, imágenes y conducta
  • La experiencia de unión

El conocimiento de uno mismo (o autoconocimiento)[9]

Si uno desea conocerse a sí mismo, hay muchos aspectos que puede estudiar, comenzando por la propia historia personal (o biografía), siguiendo por el paisaje de formación, que es ese paisaje cultural y familiar en el cual hemos sido formados, y que nos ha transmitido sus valores y creencias. Estos también pueden ser estudiados con independencia, así como los roles que adoptamos en nuestra relación con los demás. Por último, mencionaremos a los deseos y las creencias que, si los conocemos bien, nos pueden dar una excelente pista de todo lo demás, dado que son los deseos quienes impulsan nuestra acción y son las creencias las que están en el corazón de lo que hacemos para intentar resolver nuestras carencias.

La atención[10]

Este es un aspecto clave, que influye mucho en el comportamiento elegido y consciente. Sin un nivel atencional adecuado, es imposible conocerse a sí mismo y por tanto elegir el comportamiento. Habitualmente, en el estado de vigilia ordinaria, nuestra atención es simple: vamos atendiendo aquello que llama nuestra atención, hacia el estímulo más potente para nosotros. En este estado, no somos plenamente conscientes de nosotros mismos (sobre todo, de nuestras operaciones internas) mientras vamos accionando en el mundo. Hay otro estado atencional, que es el de atención dirigida: en este caso, dirigimos intencionalmente nuestra atención hacia aquello que hemos elegido previamente. Si algo distinto llama nuestra atención, podemos elegir cambiar el foco atencional o mantener la atención en lo que ya habíamos elegido. Es atención más intención. En este estado, tenemos una mayor conciencia de nosotros mismos, ya que sabemos a qué estamos atendiendo.

Si elijo el estímulo hacia donde dirigir mi atención, estoy focalizándola según mis intereses. Pero, ¿cuáles son mis intereses?, ¿cuál es su origen? Si me oriento en función de mis intereses, pero las raíces de estos permanecen oscuras para mí, porque no los he estudiado en profundidad, ¿cómo podré elegir verdaderamente una conducta? Si dirijo la atención hacia mí mientras desarrollo mi actividad en el mundo, estoy haciéndome consciente de lo que me ocurre, estoy autoobservándome, y desde aquí puedo comenzar a elegir realmente mi comportamiento.

La asociación entre estímulos, datos de memoria, imágenes y conducta

Hemos visto cómo hay una mecánica inflexible desde que recibimos un estímulo hasta que damos una respuesta. Esta respuesta está basada en asociaciones mecánicas, asentadas sobre grabaciones anteriores. Dijimos que la conciencia elabora imágenes, que orientan la respuesta; pero, ¿por qué determinados estímulos son traducidos en determinadas imágenes y no otras? ¿Puedo observar estas imágenes y comprenderlas? ¿Puedo modificar esta traducción? ¿Puedo modificar la carga que tienen esas imágenes? Para hacerlo, existen prácticas psicológicas que nos llevan, en primer término, a descubrir y comprender dichas asociaciones. En segundo término, gracias a la movilidad de las imágenes en el espacio de representación, podemos “reasociar” un estímulo a otra imagen. A estas prácticas las llamamos “transferencia de imágenes”. Lo que hacen las transferencias es trasladar cargas de unas imágenes a otras, rebalanceando todo el circuito. De este modo, un estímulo que puede estar asociado con determinadas imágenes portadoras de cargas negativas, puede ser disociado de dichas imágenes, o más bien dichas imágenes pueden ser transformadas de modo que pierdan su carga negativa. Ya el sueño opera con transferencias, pero no siempre es suficiente para reacomodar todos los sucesos del día, y por eso algunos sucesos pueden quedar “desintegrados”, desligados del resto de la vida de uno. Las transferencias de imágenes apuntan a integrar esos contenidos, esas situaciones que han quedado descolgadas.

Las experiencias de unión

Así como podemos experimentar la separatidad interna, la incoherencia interna, también podemos experimentar lo contrario, que sería la unión o unidad interna. Tanto la sensación de incoherencia como la de unidad están ligadas a la actividad de uno en el mundo; no es indiferente lo que se haga con la vida de uno, y por tanto tendrá consecuencias internas. Del mismo modo, las experiencias internas pueden ayudar a reorientar conductas en el mundo. No se trata de un ritual mágico que opera cambios de modo misterioso; se trata de que, colocándose en un determinado estado interno, se amplían las capacidades de uno para actuar más racionalmente, más conscientemente, más libremente. Dicho de otro modo, en la acción son importantes el “qué” y el “cómo”, pero también es importante el “desde dónde”. Si actúo desde la cabeza será una cosa; si actúo desde la emoción será otra; si actúo desde la cabeza y la emoción conjuntamente, será una cosa muy distinta.

En la base de todas las religiones hay profundas experiencias de unión (religare: volver a unir). Más allá de que muchas de estas religiones se hayan externalizado, ritualizado, perdiendo el contacto con dicha experiencia original, estas experiencias se pueden investigar e intentar experimentarlas uno mismo, dentro o fuera del ámbito religioso.

La acción válida

La acción válida es un tipo de acción que combina los factores mencionados anteriormente: autoconocimiento, atención y experiencias de unión. Esta acción no se define por lo que es, sino por cómo es; es decir, hay unas determinadas características que debe cumplir una acción para ser considerada válida. Estas características son indicadores internos, lo cual quiere decir que difícilmente se puede indicar desde fuera si una acción realizada por otra persona es válida. Sólo el sujeto puede saber si su acción es válida o no lo es.

La acción válida es coherente: se piensa, se siente y se actúa en una misma dirección; además, se trata a los demás como se desea ser tratado (esto no es más que la aplicación de la regla de oro); por último, se realiza sin esperar nada a cambio. La acción válida tiene indicadores: al hacerla, se siente unidad interna; surge el deseo de repetir este tipo de acciones, y se observa una sensación de crecimiento interno.

Esta acción se puede potenciar mediante el autoconocimiento, ya que cuando se sabe lo que se siente y se piensa en profundidad, se puede actuar consecuentemente, y mediante la atención, que cuanto mayor es sobre la propia acción, más posibilidades hay de que ésta sea válida (según sus propios indicadores) ya que puedo elegirla más libremente. Pero también la acción válida puede ser intuitiva, puede surgir de modo espontáneo, ya que los indicadores que mencionamos antes operan aunque uno no sea consciente de ello.

La acción válida produce ese tipo de experiencia de unión del que hablábamos: por un lado, une las distintas “partes” del individuo que la realiza (sentimiento, pensamiento y acción); por otro, une al que la realiza con los demás, que son el fin de la acción.

Ponencia para el Liceu Maragall de Barcelona
Leída en el Ateneu Barcelonés en mayo de 2005

Bibliografía

  • Luis A. Ammann: Autoliberación. Ed. Planeta, Argentina, 1991.
  • Silo: Apuntes de Psicología. Virtual ediciones, Chile, 2003.
  • Silo: Psicología de la imagen (en Contribuciones al pensamiento). Ed. Planeta, Argentina, 1990.

Notas


[1] Para un estudio del paisaje de formación, ver Autoliberación, de L.A. Ammann (ed. Planeta, Argentina, 1991), Epílogo, punto 2.A.
[2] Op. cit., Prácticas sicofísicas, lección 2.
[3] No confundir los impulsos que mencionamos aquí, haciendo un símil con los impulsos eléctricos, con aquel otro término utilizado en psicología, que describe conductas que “brotan desde el interior impulsivamente”. Estos impulsos de que hablamos aquí se asemejan a bits de información.
[4] Para un estudio detallado del espacio de representación, ver Psicología de la imagen, en Contribuciones al pensamiento, de Silo (ed. Planeta, Argentina, 1990).
[5] Las asociaciones se dan en tres franjas: similitud (montaña-edificio), contigüidad (montaña-río) o contraste (montaña-pozo).
[6] Para una descripción más detallada del núcleo de ensueño y los ensueños, ver Autoliberación, Prácticas de autoconocimiento, lección 6.
[7] Para la traducción de impulsos en imágenes, ver Apuntes de Psicología. Psicología II, de Silo (Virtual ediciones, Chile, 2003).
[8] Para un estudio teórico y práctico de las técnicas transferenciales, ver Autoliberación, Prácticas de transferencia.
[9] Ver Autoliberación, Prácticas de autoconocimiento.
[10] Ver Autoliberación, Prácticas psicofísicas, lección 6, Perfeccionamiento atencional.