miércoles, 13 de julio de 2005

Acerca de la mirada interna

El acto de mirar

La palabra “mirada” proviene del verbo mirar[1]. Este acto infiere que hay un sujeto (el que mira) y un objeto (lo mirado). Habitualmente, cuando hablamos de mirar o de mirada, tendemos a observar el objeto de dicha mirada. Por tanto, la mirada interna se podría entender como la mirada “hacia dentro”. Sin embargo, en este caso, cuando hablo de mirada no estoy pensando en aquello que es mirado, sino en aquel que mira.

Algo se puede definir por lo que es, o bien por lo que no es, o bien por su opuesto. Por tanto, podemos intentar definir la mirada interna diciendo que es aquello distinto a la mirada externa. En rigor, la diferencia está en los adjetivos “interna” y “externa”, ya que el acto de mirar es el mismo.

Si el acto es el mismo, al diferenciar la mirada interna de la externa, debemos buscar dicha diferencia en el objeto mirado o bien en el sujeto que mira.

Según la acepción de mirada interna como “mirada hacia dentro”, la diferencia está en el objeto. La mirada interna mira hacia dentro del sujeto que mira (yo me miro a mí mismo) y la mirada externa mira hacia fuera del sujeto (yo miro al mundo, a aquello que no soy yo).

Si, en cambio, ponemos el acento en el sujeto y no en el objeto mirado, encontramos que el sujeto es siempre el mismo. Tanto si mi mirada es interna como externa, sigo siendo yo quien mira. No obstante, hay una diferencia en el mirar, yo no miro de cualquier manera.

Creo que, en última instancia, la diferencia entre mirada interna y externa radica en la forma de mirar, sin importar quién mira ni qué es lo mirado.

La mirada externa

Definido lo anterior, convengamos en que mirada externa no es aquella que mira al mundo sino un tipo de mirada, una forma de mirar, sin importar si miro al mundo, si miro mi propio ombligo o si miro mi interior más profundo.

Con la mirada externa, estoy mirando desde fuera de mí. Si miro al mundo de las cosas, soy una cosa más que forma parte de ese mundo, me identifico con las cosas, soy las cosas y ellas me determinan.

Si miro al mundo externo, lo juzgo desde mi propio punto de vista, pero que es un punto de vista externo, al igual que lo es mi mirada. Se podrá decir “pero si es mi punto de vista, entonces está dentro mío y es interno”; pero yo pregunto: ¿de dónde parte ese punto de vista?, ¿cómo se formó?, ¿lo he elegido verdaderamente?

Desde esa mirada externa también me miro a mí mismo, me veo alto, un poco panzón, con una inteligencia que valoro mucho pero que realmente no sé si es muy útil para ser feliz, veo que voy perdiendo pelo, me veo temeroso, y también me veo sensible, amable, respetuoso... Veo cosas que me agradan y otras no tanto, pero todo eso no importa; lo único que importa es que me veo “desde afuera”, y desde allí, desde mi punto de vista (externo) me juzgo, al igual que hago con las cosas y las demás personas. Soy una cosa más en el mundo de las cosas, y así me veo. Entonces me digo cómo “debería” ser, qué “debería” hacer, cómo debería comportarme, qué debería sentir... ¡Cuántas cosas veo que deberían ser de otro modo! Es claro, los puntos de vista de ese juez que estoy representando son míos... pero, ¿realmente son míos?

Y digo más, ¿esos puntos de vista son los únicos válidos? Ya sé que hay otros puntos de vista posibles, pero desde mi mirada externa los míos son mejores. Sino, ¿por qué habría de adoptarlos? Entonces avanzo un paso más y, en un acto de humildad y reversibilidad, acepto verdaderamente que hay otros puntos de vista y que, quizás, sean tan o más válidos que los míos, aunque no alcance a comprenderlos.

Pero me sigo engañando, porque en esencia nada ha cambiado, ya que sigo aplicando una mirada externa. ¿Qué importa que haya otros puntos de vista y que estos puedan ser “mejores” que los míos? ¿Mejores para qué, o para quién? ¿Quién determina cuáles son los mejores puntos de vista? ¿Acaso hay un consejo de sabios que los dictamine? Y si lo hubiera, ¿de qué me servirían? Si coinciden con los míos, entonces no me aportan nada, y si no coinciden, entonces no los comprendo y no soy capaz de adoptarlos.

Así pues, llego a la conclusión que es más interesante reconocer que existen otros puntos de vista distintos de los míos, y que tal vez sean más válidos en determinadas situaciones. Relativizo mis propios puntos de vista, mis propias opiniones, y con ello consigo que no me atrapen, que no me determinen ciegamente, que no se transformen en creencias absolutas y fanáticas.

Sin embargo, si de verdad quiero avanzar en el camino de la vida, necesito cambiar mi mirada, no tanto mis puntos de vista.

La mirada interna

Este es el punto más difícil del escrito, porque reconozco que no soy capaz de definir la mirada interna. Sólo puedo decir que intuyo que es otra cosa, que es otro emplazamiento de mi ser en el mundo, tanto ante mí mismo como ante los demás.

Es lógico, mi experiencia de mirada externa es sobradamente más larga que mi experiencia de mirada interna.

Intuyo que desde la mirada interna desaparece el juez, desaparecen los puntos de vista, quedo yo solo conmigo mismo y, milagrosamente, quedo profundamente unido a todo aquello y todos aquellos que me rodean. No me identifico con las cosas, pero sé que soy uno con ellas, porque Soy.

Queda en libertad interior, con indiferencia hacia el ensueño 
del paisaje, con resolución en el ascenso.
(La Mirada Interna, cap. XIV, “La Guía del Camino Interno”)

Notas

1. “La mirada interna” es un libro escrito por Silo en 1972. Este texto no hablará sobre ese libro sino que es una reflexión acerca del significado de la frase que le da título, aunque sí reconozco su gran influencia en lo que estoy a punto de escribir.