domingo, 4 de junio de 2006

La otra realidad

En El Paisaje Interno, Silo dice “¿De qué realidad hablas al pez y al reptil, al gran animal, al insecto pequeño, al ave, al niño, al anciano, al que duerme y al que frío o afiebrado vigila en su cálculo o su espanto?” (cap. II, par. 8) Se está refiriendo a un tipo de realidad psicológica. Esta realidad es la que vivimos habitualmente, y no es más que la visión o vivencia que tenemos del mundo, filtrada por el propio paisaje interno.

Para cualquiera esto es fácil de comprender: veo las cosas según mi particular punto de vista, influido por mis creencias, y esto mismo le ocurre a los demás. De allí que haya muchas ocasiones en las cuales dos personas son incapaces de ponerse de acuerdo en lo que ven, a pesar de que, “objetivamente”, sea lo mismo. Pero cada uno lo ve desde su paisaje, cada uno vive su propia realidad psicológica.

Existe otro tipo de realidad, a la cual podemos llamar “realidad sensorial”. Es la realidad que perciben mis sentidos, tanto externos como internos. No cabe duda que eso que perciben mis sentidos es interpretado según mi paisaje interno, y allí aparece la realidad psicológica. Pero no pongo en duda eso que perciben mis sentidos (dejando de lado posibles errores en los aparatos receptores). Incluso, a nivel de la percepción, es bastante más fácil ponerse de acuerdo con otros: veo un árbol, y si pregunto a quienes me rodean, también me dirán que ven un árbol. Como se ve, esta realidad es mucho menos dudosa que la psicológica, y la prueba está en que el acuerdo es mucho más unánime.

No obstante, la ciencia misma se ha encargado de demostrar que lo que percibimos a través de los sentidos no es tal como son las cosas. Ahora sabemos que las cosas materiales no son tan sólidas como aparentan; sabemos que hay una serie de colores, olores, sonidos, texturas o gustos que no alcanzamos a percibir porque nuestros sentidos son limitados. Pero a pesar de ello, la realidad sensorial es tan fuerte que se nos impone como vivencia indubitable. No importa lo que diga la ciencia, lo que importa es que yo veo un árbol, y con esto tengo suficiente para moverme por el mundo y vivir.

Cuando el Buda decía que el mundo es ilusorio, se refería a estos dos tipos de realidad, pero haciendo hincapié en la segunda, la realidad sensorial. Pero Buda no hablaba desde un punto de vista científico, ni hablaba de los límites de los sentidos, sino que hablaba de una estructuración que hace la conciencia ya a nivel de sentidos. No sólo se trata de que la conciencia interprete lo que percibe, sino que ya la propia percepción es una estructuración de la conciencia.

Si la conciencia estructura lo que recibe de los sentidos, quiere decir que hay algo más allá de los sentidos, y que hay otras estructuraciones posibles.

Así, ese árbol que yo veo no es tal. Yo, y las demás personas, vemos un árbol porque nuestras conciencias estructuran de manera similar las percepciones, además de que el funcionamiento de nuestros sentidos también es parecido. Si tuviera un gran microscopio, y pudiera ampliar los límites del árbol, hasta poder ver el movimiento de los electrones en torno al núcleo del átomo, el límite entre el árbol y aquello que lo rodea se perdería. Es como cuando se toma una imagen digital, y se la amplía; llega un punto en que es imposible distinguir los bordes de cualquier objeto, uno no ve más que bits de distintos colores, puestos de una manera casi caprichosa. Es al reducir la imagen cuando puedo distingir los objetos que están retratados en ella.
tamaño 100%
tamaño 400%
tamaño 6400%
En la primera imagen se ve una foto tal cual fue sacada; en la segunda, al ampliarla, se difuminan los bordes pero aún se pueden distinguir; en la tercera, es imposible distinguir el borde, pese a que sigue estando allí exactamente igual que en la primera foto.

Ahora mismo, al escribir esto, estoy golpeando levemente unas teclas dispuestas en un determinado orden; estas teclas lanzan un impulso eléctrico que llega hasta una pantalla, donde se van encendiendo distintos píxels de colores, conformando unas formas lineales que llamamos letras. Si después quiero enviar este texto a alguien, nuevamente todo se transformará en impulsos eléctricos que recorrerán el planeta en muy pocos segundos hasta llegar a su destinatario. Lo maravilloso no es que todo esto ocurra gracias al avance tecnológico; ¡lo maravilloso es que el destinatario será capaz de leer lo que estoy escribiendo y entenderlo!

Aquello que percibo del mundo (incluido mi propio cuerpo) es mi realidad sensorial; aquello que interpreto del mundo, es mi realidad psicológica. La realidad sensorial está más allá de la realidad psicológica; si pudiera suspender mis interpretaciones sobre el mundo, vería la realidad sensorial tal cual la perciben mis sentidos. Pero, ¿qué hay más allá de la realidad sensorial? Ya vimos que la ciencia nos ha demostrado que esta otra realidad existe, y para eso se ha valido de aparatos; pero estos aparatos también son limitados, en buena medida porque éstos intentan imitar y perfeccionar el funcionamiento de nuestros sentidos (aquello que conocemos). A esta otra realidad la podríamos llamar “trascendental”, porque trasciende mis sentidos, mi forma habitual de percibir el mundo; también podríamos decir que es “metafísica”, porque está más allá de la física, más allá de lo sensorial, o “metapsicológica”, porque está más allá de lo psicológico.

Imaginémonos por un momento, moviéndonos dentro de una masa más o menos compacta; no es tan difícil de imaginar, ya que es lo que ocurre cuando estamos dentro del agua. Según nuestros sentidos, estamos acostumbrados a ver los objetos separados entre sí: mi cuerpo es mi cuerpo, los cuerpos de los demás son perfectamente distinguibles entre sí, y diferentes de mi cuerpo; cada objeto que me rodea tiene una entidad propia, y los vemos como separados. Entre mi cuerpo y el teclado hay algo que nos separa, incluso cuando apoyo mis dedos sobre las teclas. ¿Qué es eso que nos separa? Habitualmente, es el aire, el cual no vemos, y como estamos acostumbrados a movernos en él, no percibimos la resistencia que ejerce. Si ahora hacemos el ejercicio ese de ampliar inmensamente la vista sobre un objeto, y la focalizamos entre el límite de mi piel y el aire que la rodea, veríamos una serie de átomos, indistinguibles, que se mueven de manera casi caprichosa. ¿Dónde está el límite? Cuando paso por al lado de una persona, entre nosotros hay aire, pero ese aire no es más que un continuum cuyos límites con mi cuerpo y el de la otra persona son indistinguibles a partir de cierto nivel. Además, cuando yo me muevo empujo el aire que hay a mi alrededor, y lo mismo ocurre con la otra persona. Por tanto, cuando paso al lado de alguien, los dos estamos empujando el aire hacia el otro, y realmente esa distancia que nos separa no es tal, sino que es energía que se mueve incesantemente entre nosotros dos, y dentro de cada uno. Es la misma energía. Desde luego no vale el argumento de que fuera de la atmósfera no hay aire, porque siempre hay algo, siempre hay una energía que es omnipresente.

La materia no es más que una conformación particular de la energía merced a unas determinadas reglas físicas que, merced a nuestros sentidos y nuestra psicología, adopta formas de objetos a los cuales incluso les ponemos nombre.

Vivimos inmersos en una masa de energía de la cual formamos parte inseparable. ¿Qué pasaría si, cada vez que miramos a alguien, en lugar de ver a otro, fuéramos capaces de ver esa energía que constantemente nos recorre, por dentro y por fuera? ¿Si fuéramos capaces de sentirla, o de imaginarla? La realidad trascendental no se puede captar con los sentidos. No es una realidad subjetiva, pero sólo se puede captar desde una subjetividad más profunda, desde el contacto con lo más profundo de uno, donde desaparecen los límites entre yo y el mundo.

Sin duda que vivimos en una realidad ilusoria, pero no obstante, esa ilusión es nuestra vida habitual, y por tanto es nuestra realidad. Nosotros decidimos que esa ilusión cobre realidad. Gracias a nuestra intención, la ilusión cobra existencia. Por otro lado, tampoco podemos decir que la ilusión no existe; sí existe, y por eso podemos hablar de ella. Así, podemos decir que esta realidad, nuestra realidad cotidiana, es una “realidad intencional”.

Ahora entiendo mejor cuando Silo dice: “Eres el sentido del mundo, y cuando aclaras tu sentido iluminas la Tierra” (El Paisaje Interno, cap.VII, par. 3) y también cuando dice: “el sol ocupa más lugar en los seres humanos que en los cielos” (cap. II, par. 5).

También adquiere para mí otro significado lo dicho el 4 de mayo de 2004 en Punta de Vacas: “Tal vez deberíamos preguntarnos sobre cómo es posible que lo inmortal genere la ilusión de la mortalidad”. ¿Qué es la vida? Estamos acostumbrados a tener muy clara la diferencia entre algo vivo y algo muerto (ni qué decir de nuestros seres queridos). Mientras escribo esto no tengo dudas de que estoy vivo, y tampoco las tengo de que el teclado es algo muerto. Sin embargo, el teclado también está conformado por la misma energía de la cual estoy hecho yo. ¿Es que acaso una piedra está muerta, o el agua está muerta? Podemos decir que lo vivo es aquello que sufre transformaciones, pero todos los elementos sufren transformaciones, aunque a lo largo de nuestra vida no seamos capaces de percibirlas (nuevamente nuestros sentidos parecen ser la vara de medir). Incluso nuestro cuerpo, después de “muerto” sigue transformándose. Podemos decir que lo vivo es aquello que está animado (como los seres humanos y los animales) pero las plantas también están vivas.

Reduzcamos un poco nuestra mira, y centrémonos en las personas. ¿Qué diferencia a una persona viva de una muerta? A simple vista, hay una intención en alguien vivo, mientras que en alguien muerto “parece” no haberla; en todo caso, parece que “su cuerpo” ha dejado de tener intención (o ha dejado de pertenecer a esa intención a la cual nosotros le dábamos el nombre de una persona). Pero la intención no es un atributo de los cuerpos (¿la piedra tiene intención?); la intención es “otra cosa”. Una vez más, los sentidos parecen ser los que dictan sentencia, y adjudican carnet de vivo a aquellos que se mueven, y se lo quitan a aquellos que se quedan quietos (incluso a veces vemos a alguien dormir y por un instante nos parece que está muerto).

Sintetizando, se puede intencionar una mirada que vaya más allá de los sentidos, y que sea capaz de captar, aunque sea lejanamente, esa realidad trascendental. Desde esa mirada, todo adquiere otra dimensión, se constituyen otros parámetros, se registran otras cosas (aunque no se perciban con los sentidos habituales).