sábado, 2 de junio de 2007

Lo psicológico y la espiritualidad


No resulta fácil hablar acerca de la relación entre lo psicológico y lo espiritual. La psicología ha pretendido y pretende ser ciencia, con mayor o menor fortuna. En cambio lo espiritual... estamos acostumbrados a oír hablar de lo espiritual como si se opusiera a la ciencia, como si pretendiera negarle su valor, del mismo modo que la ciencia tiende a degradar la espiritualidad.

La espiritualidad es una palabra cuyo significado varía según quien la pronuncie. Las religiones suelen hablar del espíritu refiriéndose a ciertas creencias que predican, ubicándolo fuera de las personas, casi siempre lejos de ellas y con intermediarios para conectarse con ella. ¡Incluso algunos bancos hablan del espíritu, pretendiendo captar clientes! En cambio, difícilmente oiremos hablar de lo espiritual a alguien que se precie de científico. Nosotros nos hemos reunido hoy para hablar acerca de la Psicología del Nuevo Humanismo, y aquí introducimos lo espiritual porque, aunque no está contenido explícitamente en esta psicología, tiene mucho que ver con ella, desde un prisma más amplio.

La espiritualidad de la que nosotros hablamos no es la espiritualidad del dogma ni de la fe ingenua, ni es una mera creencia; hablamos de la espiritualidad que experimentamos, y que me hace sentir hermano del otro, ese otro que puede estar al lado mío o en la otra punta del planeta, en el cual reconozco el mismo espíritu que habita en mí. Estoy hablando de una experiencia personal de lo espiritual, no de un concepto o una idea con que a veces se ha pretendido manipular este profundo sentimiento, al servicio de ciertas causas muy terrenales y muy poco relacionadas con el verdadero espíritu.

Haciendo una pobre descripción, diría que el espíritu es aquello que está más allá de lo cotidiano, más allá de lo tangible, más allá del dinero, el trabajo o cualquier otro sentido provisorio. Es ese algo que me constituye en auténtico ser humano, ese algo que siempre ha impulsado las mejores causas, incluso aquellas de los hombres de ciencia, cuyo “espíritu indomable” ha conseguido avances que han hecho retroceder el dolor en el ser humano.

El verdadero espíritu, arraigado en lo profundo del ser humano, siempre impulsa en una dirección a favor de la vida, en oposición a todo tipo de violencia ejercida contra otro ser humano. Este espíritu no viene de fuera; este espíritu está en el corazón de cada uno de nosotros, sirviéndonos de motor y de guía en el camino de la vida, tendiendo puentes hacia las otras personas, en las cuales me reconozco.

La psicología también ha hecho numerosos aportes para el desarrollo humano, ayudando a superar el sufrimiento mental mediante conductas, terapias y prácticas de distinto tipo. Pero, aun en el mejor de los casos, topamos con el muro de la muerte inexorable que acecha a todo ser vivo. Esa muerte que ya se expresa cuando me siento enemigo de mi hermano, cuando creo que quien está al otro lado es distinto de mí, cuando lo siento ajeno a mí, y de este modo me alieno en mí mismo, perdiendo el contacto con ese espíritu que me humaniza.

No se trata pues de oponer el espíritu a la ciencia ni a la psicología, ni oponer el espíritu intangible a lo material. Se trata de que el ser humano avance cada vez más en su camino, valiéndose de la materia, de la ciencia y de su espíritu alado. Porque el espíritu tiene alas, esas que nos hacen volar por encima de las pequeñeces y las dificultades.

¿Qué puede entonces aportar lo espiritual a lo psicológico? El espíritu es esa guía que, emplazada en el centro de nuestro ser, nos orienta en la dirección más evolutiva, nos lanza hacia los demás y al mismo tiempo nos impulsa hacia nuestro centro más luminoso. La psicología nos puede dar herramientas muy eficaces para avanzar por ese camino, nos puede ayudar a superar las resistencias propias de todo trayecto, a limar nuestras aristas menos dóciles y abrirnos a la experiencia espiritual, que no es de otra vida sino de esta.

Cuando observo a otro ser humano con mirada atenta, reconozco en él ese algo latente que hoy llamamos espíritu. Incluso en la condición más miserable, cabe en todo ser humano algo maravilloso e inconmensurable, algo para lo cual las palabras se nos quedan cortas, y sólo podemos experimentar en nuestro interior.

No hace falta pertenecer a ninguna religión para cultivar lo espiritual. El espíritu puede anidar en cada uno, independientemente de sus creencias religiosas. Porque el espíritu es experiencia, una experiencia a la que puede acceder todo aquel que medita en humilde búsqueda.

Esta vivencia de lo espiritual me permite imaginar un mundo más humanizado, y sentir que este mundo está cerca, ya está aquí, al alcance de nuestra mano. Basta que abramos nuestras mentes y nuestros corazones, que nos dispongamos a sentir la presencia de un espíritu que está en mí y también fuera de mí, en los otros seres humanos, en la vida que nos rodea. Esta experiencia nos hace sentir parte de un proceso humano milenario, que tal vez nació cuando nuestros antepasados se rebelaron ante lo natural y decidieron dominar el fuego, ese fuego tan asociado a los sentimientos más elevados y también origen de toda la ciencia moderna.

Porque es fuego y energía lo que vibra en nuestro interior, y podemos elegir orientar ese fuego hacia la destrucción o hacia la construcción. Si estamos en contacto con nuestro espíritu, sólo podremos volcarnos hacia las mejores causas de la vida, sea en el campo psicológico, científico, artístico o social.

Quisiera recalcar que el espíritu del que nosotros hablamos está al servicio de la vida, al servicio de la liberación del ser humano de todo dolor y sufrimiento. La experiencia de lo espiritual da dirección humanizadora a la propia vida, me orienta hacia lo mejor de los demás desde lo mejor de mí mismo. Cualquier otra dirección es falsear el espíritu, es apoyarse en creencias y dogmas, no en una experiencia profunda de contacto con ese “algo más”, con aquello sagrado que ha estado siempre presente en el ser humano, manifestándose en aquellos momentos y aquellas acciones que han contribuido a liberar al ser humano de sus cadenas.

Me gustaría terminar con unas frases extraídas de “El Camino”, en el libro del Mensaje de Silo:
Si crees que tu vida termina con la muerte, lo que piensas, sientes y haces no tiene sentido. Todo concluye en la incoherencia, en la desintegración.
Si crees que tu vida no termina con la muerte, debe coincidir lo que piensas con lo que sientes y lo que haces. Todo debe avanzar hacia la coherencia, hacia la unidad.
No imagines que estás solo en tu pueblo, en tu ciudad, en la Tierra y en los infinitos mundos. No imagines que estás encadenado a este tiempo y a este espacio.
No imagines que en tu muerte se eterniza la soledad.”

Nada más. Muchas gracias.

Leído en el Ateneu Barcelonés durante el Foro de Psicología del Nuevo Humanismo y en Madrid durante el Foro de Educación y No-violencia, en 2007.