jueves, 1 de noviembre de 2007

La psicología del Nuevo Humanismo

Es necesario comenzar con algunas aclaraciones. ¿Qué es esto del "Nuevo Humanismo", también llamado "Humanismo Universalista"? Es una corriente de pensamiento y acción nacida a finales de los años 1960 en Sudamérica, que se ha extendido por todos los continentes. Esta corriente postula una forma de ver el mundo y una forma de actuar en él, continuadora y actualizadora de la visión humanista que ha existido a lo largo de la historia en todas las culturas.

El humanismo se define como tal al poner al ser humano como valor central. Es desde aquí desde donde parte la Psicología del Nuevo Humanismo (PNH). Para la PNH, el motor a lo largo de la historia del ser humano ha sido y sigue siendo la superación del dolor y el sufrimiento. Entiende como dolor toda injuria física, cuya superación depende fundamentalmente de los avances sociales y científicos. Asimismo, entiende como sufrimiento toda injuria mental o psicológica, cuya superación depende de la coherencia entre el actuar, el sentir y el pensar, y del estado en que se encuentre la persona respecto del Sentido de la Vida.[1] A su vez, afirma la interrelación estructural entre lo personal y lo social (lo interno y lo externo), con el condicionamiento mutuo entre dolor físico y sufrimiento mental

Se parte, así, de un postulado universal: la vida tiene sentido y dirección. Y en ello radica la clave de la existencia y sus problemas. Esclarecer el sentido y la dirección de nuestros actos, para comprender los de la vida misma, es el eje de esta psicología, emplazada en el drama cotidiano de la existencia humana. La PNH no es una visión al servicio de una terapia, ni es un conocimiento abstracto. Por el contrario, la comprensión de la conciencia como intencionalidad abierta al mundo reubica la óptica tradicional de hacerse problema de los fenómenos emotivos, para ocuparse de la finalidad de la existencia, del sentido de la vida. Porque la intencionalidad humana no es un fenómeno teórico, sino que encarna, existe concretamente en cada situación. Lo humano es en situación, y esa situación es temporal, está emplazada en el tiempo. Hay, por tanto, elementalmente, una dirección a futuro.

La PNH no es una psicología en el sentido clásico; no se trata del estudio de la conducta humana ni de los fenómenos psíquicos. Tampoco de un estudio por el mero afán de conocimiento, como postulaba el viejo cientificismo racionalista. Ni se trata de una mera teoría. Tampoco se trata de una psicología "comprometida" con algún sesgo ideológico y, sin embargo, está comprometida con lo más concreto de la existencia humana: su experiencia.

La PNH abarca todos los aspectos que clásicamente han abarcado las distintas psicologías que se fueron proponiendo como totalizadoras, cuando lo que hacían era abordar lo humano desde un punto de vista parcial, que de todos modos siempre resultaba enriquecedor para el conjunto de su conocimiento.

Entre estas psicologías, podemos citar la psicología fisiológica; el psicoanálisis; el conductismo; las orientaciones cognitiva y sistémica; los abordajes humanistas como la psicoterapia gestáltica, la psicoterapia de diálogo, la psicoterapia fenomenológica, la logoterapia; y la psicología social.

La PNH está contenida y desarrollada en forma filosófica, teórica y práctica en un conjunto de obras[2] que la ponen al alcance de cualquier persona que se interese por ello. Se sostiene en un punto de vista a la vez existencial, fenomenológico, estructural, historiológico, energético y bio-psico-social. La PNH se fundamenta en una antropología, es decir en una interpretación explícita del ser humano, que podría sintetizarse en la siguiente definición: el ser humano es el  ser histórico cuyo modo de acción social transforma a su propia naturaleza[3], o sea que, en la búsqueda de su sentido, en la evitación del dolor y el sufrimiento, y en la aproximación a lo que cree que le dará su felicidad, no sólo transforma el mundo, sino que al hacerlo se transforma a sí mismo. Todo ello respecto de las necesidades de la vida, en situaciones concretas, y en un contexto de adaptación creciente o decreciente, energéticamente integradora o desintegradora, en el que no puede dejar de elegir ni de jugarse su destino en el aquí y el ahora y –probablemente- también en el más allá. El contenido y la fuerza de su creencia respecto al significado de la muerte, influye decisivamente sobre su actitud vital, su carácter y su capacidad de adaptación creciente.

Para la PNH, la esencia de la conciencia es actividad dirigida al mundo externo e interno para transformarlo de acuerdo con la intención de superar el dolor y el sufrimiento. El fracaso repetido de esta intencionalidad puede generar que la propia conciencia intente, en una especie de suicidio psíquico, renunciar a su esencia, para pretender volverse lo que no puede ser de ninguna manera: objeto, cosa, ente sin intención propia, en lugar de intención transformadora. La PNH se orienta a restituir esta esencial voluntad de cambio, sin la cual no es posible la esencialidad humana, fuente de toda dignidad y valoración.

Cuando hablamos de adaptación decreciente, nos estamos refiriendo a una actitud en la cual el individuo se limita a intentar adaptarse a los requerimientos del medio, a obnubilar su intención para adecuarla a lo que "se supone" hay que hacer. En cambio, la adaptación creciente es aquella en la cual se reconocen los condicionantes del medio pero, por medio de la intención, se los intenta modificar para adaptarlos a la evolución creciente de la vida; en última instancia, a la superación del dolor y el sufrimiento. Es este tipo de adaptación evolutiva el que ha permitido el avance de la ciencia, que no se ha resignado a los designios de la naturaleza sino que la ha modificado (así como al propio cuerpo humano) para superar las enfermedades, y es este tipo de adaptación el que nos hace rebelar frente al absurdo de la muerte y el sin-sentido. Por último, también podemos mencionar a la desadaptación, en la cual se intenta negar las condiciones del medio, bloqueándose así también la posibilidad de su transformación.

Estas distintas formas de adaptación tienen su correlato en una mirada sobre el funcionamiento de la conciencia. Para la PNH, la conciencia se define como un sistema de coordinación y registro general que implica una actividad estructurante de respuestas compensatorias a los estímulos provenientes del mundo interno y externo. "Hay ciertas concepciones en las que a la conciencia se la ve como pasiva, siendo que la conciencia trabaja estructurando activamente, coordinando las necesidades y tendencias del psiquismo con los aportes sensoriales y de memoria, mientras que orienta las variaciones constantes de la relación del cuerpo y el psiquismo; es decir, de la estructura psicofísica con el mundo".[4]

Así, la PNH postula –a través de la Psicología Evolutiva- que el fenómeno de la conciencia humana es un nivel alcanzado a lo largo de un largo proceso de complejificación creciente y autoorganización del fenómeno de lo viviente, pero no es un tope evolutivo sino una nueva cota, una plataforma desde la cual se abre paso a nuevos desarrollos de la experiencia humana que hoy apenas comenzamos a entrever.

Hoy, el ser humano se encuentra en una situación única, gracias al desarrollo tecnológico que ha permitido que podamos hablar de una civilización planetaria, en la cual todo hecho que ocurre en alguna parte del planeta afecta al conjunto. No nos referimos al proceso de globalización, cuya intención última es el acaparamiento, por parte de unos pocos, de las riquezas comunes, sino a un proceso de mundialización, en el cual las culturas y los individuos se van interrelacionando cada vez más, yendo en la dirección de una Nación Humana Universal.

La historia del psiquismo es el proceso de evolución colectivo a través de los distintos niveles de conciencia que hoy podemos verificar en la experiencia individual, a los que habrán de seguir nuevos niveles que no son ajenos a la experiencia humana aunque lo hayan sido a la experiencia social.

Entre estos niveles de conciencia podemos distinguir tres, que son los más habituales:

Un primer nivel de sueño, que es aquel que prima en la conciencia cuando estamos durmiendo; un segundo nivel de semisueño, que se hace presente con más fuerza en los momentos de entrada o salida del sueño, y un tercer nivel de vigilia, predominante cuando realizamos nuestras actividades cotidianas. No obstante esta división, estos niveles actúan simultáneamente en todo momento; así es como podemos encontrar, durante la vigilia, imágenes o ensueños que nos invaden y que son propios de niveles inferiores de conciencia. Por ello, podemos hablar de una vigilia pasiva –desatenta- o activa –atenta-. Cuanto mayor es la atención en la vigilia, menor es la influencia de los ensueños provenientes de los otros niveles.

Para algunas corrientes psicológicas clásicas, existe un inconsciente, que sería el responsable de los ensueños antes mencionados. Para la PNH, es preferible hablar de niveles de conciencia, ya que si algo es inconsciente, no podríamos hablar de ello justamente por estar fuera de la conciencia, y si lo detectamos, entonces es evidente que acabamos de hacerlo consciente, y por tanto tampoco podríamos ubicarlo fuera de la conciencia.

A través de la Psicología de los Impulsos se comprende la base biológica como sintetizada a través del funcionamiento neurofisiológico, que reduce la estimulación heterogénea que recibe el cuerpo en sus órganos sensoriales especializados, convirtiéndola en impulsos homogéneos aptos para su recepción y conducción por el sistema nervioso. De ese modo se transmiten los estímulos y las respuestas de regulación vegetativa, que se traducen en imágenes, las cuales gobiernan el emplazamiento del cuerpo en el mundo. Los impulsos son la "interfase" entre la base biológica y el psiquismo humano, así como las imágenes son la interfase entre la dinámica psíquica y el mundo.

Por medio de la Psicología Descriptiva se explica el funcionamiento psíquico en su aspecto no registrable, en un nivel de fenómeno que la conciencia no puede captar, que es la dinámica de aparatos y su interregulación, de la que resulta la conducta en su complejidad.

Resumidamente, podemos explicar lo siguiente:

En el centro del psiquismo ubicamos a la conciencia, actuando como coordinador de todo el funcionamiento de los distintos aparatos.

Observamos ciertos "centros" que regulan la actividad de la persona. Estos centros son el vegetativo/sexual, el motriz, el emotivo y el intelectual, que regulan respectivamente el funcionamiento del organismo y del sexo, el movimiento corporal, la emotividad y la actividad del intelecto. Estos centros son los responsables de las respuestas que da el individuo frente a los distintos estímulos que le llegan.

Además, distinguimos dos sistemas de sentidos: los externos, que son la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, y los internos, que son la cenestesia (registros de dolor, temperatura, tensión muscular, etc.) y la kinestesia (registros de la posición y movimientos del cuerpo).

Estos sentidos reciben estímulos del medio externo e interno como sensaciones, y llegan a la conciencia como percepciones (es decir, como sensaciones estructuradas), grabándose simultáneamente en memoria. A su vez, memoria lleva estímulos a conciencia (recuerdos); gracias a estos datos de memoria es que podemos reconocer objetos en el mundo y podemos reconocernos a nosotros mismos. Por último, conciencia suministra imágenes que actúan sobre los centros, dando éstos respuestas externas (motrices) y/o internas (vegetativas).

Cada respuesta que da un centro es detectada por sentidos internos y conciencia. Gracias a ello tiene noción de las operaciones que se efectúan (realimentación de la respuesta), quedando, además, grabadas en memoria. Esto último es la base del aprendizaje que se perfecciona a medida que se repiten operaciones.[5]

Si por alguna circunstancia se bloquean impulsos que deberían llegar de los sentidos, o de la respuesta de los centros, o de memoria, en conciencia se producen perturbaciones. También ocurren éstas, si los impulsos que llegan a conciencia son excesivos.

Todos los impulsos que recorren el circuito pueden trabajar a intensidad variable: a veces normal (entre umbrales); a veces con energía muy débil (bajo umbral); a veces excesiva (sobre el umbral de tolerancia); y a veces nula (bloqueo). Cuando los impulsos provenientes de conciencia llegan a un centro y en éste se bloquea la respuesta sobrecargándose de energía, las cargas se desplazan a otros centros, produciéndose respuestas equivocadas (por ejemplo, respuestas motrices que quedan inhibidas, sobrecargan al centro vegetativo que da respuestas internas inadecuadas, creando disfunciones orgánicas o somatizaciones. Otro tanto puede ocurrir si se bloquean determinadas respuestas emotivas que terminarán expresándose motriz o vegetativamente).

Mediante la Psicología de la Imagen se configura una descripción precisa del fenómeno de la imagen o representación y su emplazamiento espacial, apenas esbozado anteriormente por la psicología experimental. Es la consolidación de este nuevo punto de vista, lo que permite comprender lo humano en su intimidad y en toda su complejidad. Particularmente, permite acceder a niveles de fenómeno interno hasta ahora accesibles sólo a los buscadores existenciales que se aventuraron por las confusas tinieblas del mundo interno.

Pero este punto de vista no sirve al desarrollo de la experiencia interna aislada sino en función de la externa. El desempeño en el mundo depende de la configuración de las representaciones y su emplazamiento en el espacio mental, y necesita de un punto de vista que libere al sujeto de la tiranía de la supuesta mecanicidad interna y lo emplace como actor conciente de sus decisiones.

Debemos aclarar que cuando hablamos de imágenes no nos referimos exclusivamente a las visuales, sino que todos los sentidos tienen su correspondiente representación interna. Así, podemos hablar de imágenes visuales, auditivas, olfativas, gustativas y táctiles, y también de imágenes cenestésticas y kinestésicas. Esto es fácil de comprobar si imaginamos un dolor; en este caso, no estaremos viendo ese dolor, sino que construiremos una imagen cenestésica cuya fuerza puede ser tal que podemos llegar a sentir ese dolor. En el caso de un sujeto hipocondríaco, cuando imagina una determinada dolencia, podremos comprobar que llega a sentirla físicamente, aunque no sea más que una representación cenestésica.

A su vez, esas imágenes se dan en un determinado lugar, en un espacio. A este lugar lo llamamos "espacio de representación"[6], y por medio de la experiencia podemos comprobar que se trata de un espacio tridimensional. Es la ubicación de las imágenes en ese espacio lo que determina su eficacia a la hora de lanzar actos al mundo.

La comprensión conjunta del sistema de traducción de los impulsos, del funcionamiento del psiquismo y del emplazamiento de las imágenes, permite entender la dinámica general del psiquismo humano en relación al propio organismo y al medio externo físico y social. En última instancia, de esto depende la acción en el mundo.

La Psicología del Comportamiento y su visión de la conducta fundada en las distintas actividades en que se puede descomponer analíticamente la respuesta, aporta los elementos para elaborar una nueva tipología.

La PNH estudia al comportamiento como un caso particular del psiquismo. Es la parte de un todo y no el todo en sí, aunque una parte muy importante. Se manifiesta en las respuestas que realizan los centros (vegetativo/sexual, motriz, emotivo e intelectual) para producir el ajuste del medio interno del cuerpo con el medio externo o ambiental.

La base del comportamiento está relacionada con: 1) las cualidades innatas propias de la estructura biológica individual (biotipo); 2) las cualidades adquiridas y codificadas por las experiencias de acierto y error, con sus registros de placer o displacer (biografía personal); 3) la situación del individuo en el medio; 4) los patrones culturales de la época de formación del sujeto (paisaje de formación); y 5) los ensueños y el núcleo de ensueño.

La combinación particular de todos estos factores en cada caso configura lo que se denomina "personalidad", dejando en claro que una posible "caracterología" debería atender tanto a lo innato como a lo adquirido. La personalidad, a su vez, se configura en un sistema de roles, codificados de acuerdo al aprendizaje por acierto y error, tanto en las respuestas típicas como atípicas de adaptación, respecto de los consensos convencionales de los distintos grupos sociales.

Tanto las respuestas típicas como atípicas, pueden ser oportunas o inoportunas desde el punto de vista de una adaptación creciente en el cambio histórico y biográfico, sobre todo en un medio caracterizado por la modificación rápida de las situaciones sociales y los valores. Así, por ejemplo, en una situación de crisis extrema, la respuesta típica consensuada por la mayoría puede ser inoportuna e inadecuada, mientras que la respuesta atípica de un pequeño equipo innovador puede responder acertadamente al reto de adaptación.

Este punto no es de escasa importancia respecto de una psicología oficial que mira el cambio como adecuación a lo establecido, o que concentra la innovación en los aspectos secundarios de la estructura psicosocial, sin llegar a tocar las creencias profundas y los esquemas de poder que están operando y manteniendo la normativa impuesta al conjunto social.

En este contexto, en la comprensión de la conducta humana evolutiva o involutiva, progresiva o regresiva, la PNH propone atender especialmente al tema de los ensueños y el núcleo de ensueño, en tanto respuestas internas compensatorias a las múltiples exigencias de adaptación de un mundo por demás complejo: natural, humano, social, cultural, técnico, etc.

Una psicología que quiera ir más allá de la conducta visible, con la finalidad de producir cambios fundamentales en el psiquismo humano, sin quedarse solamente en el tratamiento de los síntomas, debería considerar el núcleo de ensueño por el carácter totalizador de su respuesta al mundo y por su influencia decisiva en la conducta de los individuos y los pueblos: "El núcleo de ensueño rige las aspiraciones, ideales, e ilusiones que en cada etapa vital van cambiando. Tras esos cambios o variaciones en el núcleo, la existencia se orienta en otras direcciones y se producen concomitantemente cambios en la personalidad. Este núcleo se desgasta individualmente, como se desgastan los ensueños epocales que dirigen la actividad de toda una sociedad. Mientras que por una parte el núcleo da una respuesta general a las exigencias del medio, por otro compensa las deficiencias y carencias básicas de la personalidad, imprimiendo una determinada dirección a la conducta".[7]

Igualmente debería considerar los estados superiores de conciencia, como el éxtasis, arrebato y reconocimiento, a través de los cuales se experimenta una gran comprensión y felicidad. Especialmente interesante puede ser el estado de suspensión del yo que "se logra desplazando progresivamente al yo de su ubicación central de objeto de meditación. […] La conciencia entonces, está en condiciones de encontrarse […] en una suerte de vacío […]; por esta vía […] detectamos fenómenos que se producen cuando la conciencia es capaz de internalizarse hacia ‘lo profundo’ del espacio de representación. […] En esta internalización irrumpe aquello que siempre está escondido, cubierto por el ‘ruido’ de la conciencia. Es en lo profundo donde se encuentran las experiencias de los espacios y de los tiempos sagrados. En otras palabras, en ‘lo profundo’ se encuentra la raíz de toda mística y de todo sentimiento religioso".[8] Es en esta experiencia que se pueden dar cambios profundos en la dirección y el sentido de la vida.

También son interesantes los fenómenos que en determinadas condiciones de alteración de conciencia irrumpen iluminando todo el espacio de representación: "La literatura religiosa universal está plagada de numerosos relatos acerca de estos fenómenos. También es interesante advertir que esta luz en ocasiones se ‘comunica’ y hasta ‘dialoga’ con el sujeto. […] Según se describe en muchos textos, algunas personas que aparentemente murieron y volvieron a la vida, tuvieron la experiencia de abandonar su cuerpo e ir orientándose a una luz cada vez más viva […]; a nosotros […] nos interesa el sistema de registro, el emplazamiento afectivo que padece el sujeto y esa suerte de gran ‘sentido’ que parece irrumpir sorpresivamente [… y] que parece de gran importancia, ya que tiene aptitud para cambiar súbitamente el sentido de la vida humana".[9]

Como ya dijimos, esta psicología no está orientada a la resolución de ciertas patologías por medio de una terapia, sino que su campo de acción abarca a todos los individuos, en tanto seres humanos en proceso de desarrollo. Aunque no niega el valor orientador de la teoría, considera que todo proceso de verdadero crecimiento interno involucra la comprensión del sujeto acerca de sí mismo y de su situación en el mundo. Pero esta comprensión no sólo es teórica; es también una experiencia vivida. Involucra percepciones de la situación actual, representaciones del pasado y el futuro con respecto a ella, conductas de respuesta, registro interno de todo este proceso e inicio de un nuevo circuito de estimulaciones y respuestas intermediadas por la conciencia. Y todo esto, no sólo en la situación terapéutica, sino en la vida cotidiana y en la dirección general que la persona imprima a su destino a través de actos concretos de adaptación creciente respecto de situaciones en un mundo hasta hoy signado por la violencia.

Esta concepción explica también por qué en la PNH se relaciona lo que se ha denominado enfermedad mental, no sólo con las deficiencias congénitas y/o adquiridas del organismo y la personalidad, sino con el condicionamiento social alienante u opresor. Por lo mismo, la "cura" tendrá que ver con el proceso liberador de la violencia, estado psíquico y social que ha acompañado al ser humano a lo largo de su historia y del cual todavía no se ha podido desprender.

En las distintas formas de violencia (física, psíquica, económica, racial, sexual, generacional, política, ideológica) un sujeto intentará limitar o anular la intención del otro, tratándolo como si fuera un objeto. Desde este punto de vista, la violencia se puede definir como el intento de apropiarse por medio de la fuerza de la subjetividad del otro, es decir, de su pensar, querer, sentir y actuar. Esto que se expresa no sólo en los casos de violencia manifiesta (guerra, vandalismo, delincuencia), sino cotidianamente, en la casa, la escuela, la calle, el centro laboral, en la política nacional e internacional, cada vez que se pretende tratar al otro (individuo, familia o pueblo) como un ente sin derecho a vivir y decidir.

" La violencia ha penetrado en todos los aspectos de la vida: se manifiesta constante y cotidianamente en la economía (explotación del hombre por el hombre, coacción del Estado, dependencia material, discriminación del trabajo de la mujer, trabajo infantil, imposiciones injustas, etc.); en la política (el dominio de uno o varios partidos, el poder del jefe, el totalitarismo, la exclusión de los ciudadanos en la toma de decisiones, la guerra, la revolución, la lucha armada por el poder, etc.); en la ideología (implantación de criterios oficiales, prohibición del libre pensamiento, subordinación de los medios de comunicación, manipulación de la opinión pública, propaganda de conceptos de trasfondo violento y discriminador que resultan cómodos a la élite gobernante, etc.); en la religión (sometimiento de los intereses del individuo a los requerimientos clericales, control severo del pensamiento, prohibición de otras creencias y persecución de herejes); en la familia (explotación de la mujer, dictado sobre los hijos, etc.); en la enseñanza (autoritarismos de maestros, castigos corporales, prohibición de programas libres de enseñanza, etc.); en el ejército (voluntarismo de jefes, obediencia irreflexiva de soldados, castigos, etc.); en la cultura (censuras, exclusión de corrientes innovadoras, prohibición de editar obras, dictados de la burocracia, etc.)."[10]

La violencia se concibe así como un condicionamiento histórico y mental, resultado de la contradicción social y la incoherencia personal, que genera y realimenta las patologías reconocidas en la nosología psiquiátrica. En el origen de estos estados, o en su agravamiento, se constata la presencia de un ambiente social violento frente al cual la conciencia del "enfermo", antes de "enfermar", ha fracasado primero en sus actos de liberación.

Por lo anterior, para la PNH, la curación tiene el carácter de una lucha lúdica por la autoconciencia y coherencia crecientes. La curación es el yo contribuyendo atentamente en la coordinación de la estructura conciencia-mundo que se encuentra en equilibrio inestable[11], expuesta a los actos de integración o desintegración psíquica y somática. Este grado atencional y de autoobservación va más allá de la vigilia ordinaria y anuncia un nuevo nivel de conciencia: la conciencia de sí.

Especial importancia se concederá a las "cargas" excesivas o insuficientes de los contenidos psíquicos. Esta concepción explica que la "enfermedad mental" es un estado de conciencia superable, que tiene que ver sobre todo con el efecto integrador del acto humano desde el punto de vista energético-transferencial.

Según este punto de vista, los actos catárticos descargan tensiones, mientras que los transferenciales trasladan cargas internas, integran contenidos y amplían las posibilidades de desarrollo de la energía psíquica. Ambos se pueden dar tanto internamente, en el trabajo con las imágenes, como externamente en la acción o la conducta en el mundo. Habrá acciones que permitan integrar contenidos internos y habrá acciones tremendamente desintegradoras.

A partir del cuerpo teórico construido sobre la experiencia concreta, la PNH aporta una Operativa que provee un conjunto de prácticas catárticas y transferenciales que permiten descargar y redistribuir las cargas de los estados sufrientes en el flujo incesante de la corriente de conciencia, disolviendo las fijaciones y bloqueos que impiden la multiplicación incesante de la vida que pasa a través nuestro.

La PNH, enmarcada dentro de la doctrina del Nuevo Humanismo, apunta al desarrollo de la autonomía del sujeto. Eso incluye la no-dependencia de lo teórico. Es a partir de cierta mínima autonomía del individuo –la existencia de una intención de hacer- que puede funcionar la Operativa (como conjunto de técnicas para resolver conflictos internos).

En la psicología clásica actual se habla tanto de "enfermedad mental" como de "trastornos psicológicos", aunque se prefiere el segundo término. En los textos de la PNH no se utilizan estos conceptos, sino que se asume que puede haber un mejor o peor funcionamiento del psiquismo humano desde el punto de vista de la superación del sufrimiento mental, y que ello es aplicable a todos los seres humanos, en todo momento de su biografía y desarrollo.

Aunque se reconocen casos patológicos, como en algunos estados alterados de conciencia, en los que la reversibilidad disminuye fuertemente, la adaptación no es creciente, y la desintegración psíquica genera un sufrimiento mayor, no se enfatiza la oposición normal/anormal, la que da a entender que hay muchos individuos sanos y bien adaptados y unas excepciones que se apartan de la norma y están enfermas.

El riesgo de discriminación en este modelo es muy alto, porque el comportamiento sano o enfermo se define de acuerdo a un patrón cultural de ser humano y sociedad. Así, una cultura que exige obediencia y productividad puede calificar despreciativamente de dementes a los rebeldes, de soñadores a los poetas o de ociosos a los miembros de un conjunto que sólo trabajan lo necesario para vivir. La asociación de lo normal con la salud y lo anormal con la enfermedad es discriminatoria e incompatible con el espíritu de transformación libertaria, profunda y no-violenta propio de la PNH.

Es más, puede que la correlación inversa tenga mayor grado de verdad: porque son las minorías marginadas, los hombres excepcionales, los que una vez fueron considerados "raros", "anormales" o "peligrosos", los que se adelantaron a su tiempo y estuvieron a favor de la evolución de las cosas. Aun en el propio desarrollo científico ocurre que hipótesis que en su tiempo fueron desaprobadas por el consenso del poder académico instituido, posteriormente se tornaron revolucionarias.

La PNH no hace apología de los casos patológicos, pero advierte que estos deben ser debidamente constatados e identificados. También advierte que no todos los estados alterados son negativos, sino que algunos pueden tener significación positiva para el proceso de desarrollo e integración de la conciencia. A continuación presentamos algunos de estos estados:

Positivos: experiencia de luz, éxtasis, arrebato, reconocimiento, experiencia del sí mismo y lo profundo; generales: sugestionabilidad cotidiana (publicidad mediática); específicos: trance hipnótico, depresiones, comportamientos violentos, estados de conciencia en fuga; patológicos: disociación de funciones de la conciencia, escisiones de la personalidad, estados crepusculares desintegradores de la conciencia.

Por su parte, el proceso de curación se puede alegorizar como la marcha del ser humano hacia su ser más profundo y querido. Un destino pleno de verdad, fuerza, bondad, paz y felicidad. Aunque estos ideales no se logren totalmente, no se puede negar su valor de orientación y motivación en el vencimiento de resistencias y hábitos regresivos. Son aspiraciones que permiten contrastar las "realidades" conflictivas y sufrientes, con aquellas otras provenientes de lo profundo del sí mismo, ahí donde la conversión del sentido global de la vida se abre como posibilidad.

Más que de enfermedades o trastornos, la PNH habla de conflictos internos en los que se pueden detectar: 1) errores de los sentidos, la percepción y la representación (ilusiones); 2) errores de la memoria (falso reconocimiento, recuerdos equívocos, amnesia, hiperamnesia); 3) errores de la conciencia y el yo en su función coordinadora (alucinación, desintegración eidética, olvidos y bloqueos, atención tensa); 4) contradicciones y respuestas incorrectas en el trabajo de los centros (incoherencia entre el pensar, el sentir y el actuar, desbordes del centro emotivo, confusión en el centro intelectual, descoordinaciones del centro motriz, desregulaciones y disfunciones del centro vegetativo-sexual); 5) alteraciones recíprocas de los niveles de conciencia (sueño, semisueño, vigilia) que se manifiestan como ruido en el funcionamiento del psiquismo (inercia del nivel anterior, climas y tensiones inoportunos, rebotes, arrastre de imágenes y climas fijados, tonos insuficientes o excesivos).

La PNH llama la atención sobre el sufrimiento psicológico producido por el fracaso de los ensueños como sistema de respuestas compensatorias a las exigencias del mundo y a las carencias básicas de personalidad. El núcleo de ensueño puede regresionar (el psiquismo vuelve a etapas vitales anteriores) o quedarse fijado, desvinculando progresivamente al individuo de su medio. El núcleo de ensueño lanza al ser humano en persecución de espejismos que al no cumplirse producen estados dolorosos (desilusiones) que sin embargo, paradójicamente, en su registro de fracaso crean condiciones favorables para el surgimiento de nuevas direcciones de vida. El desgaste del núcleo de ensueño en el psiquismo individual semeja al desgaste de los ensueños epocales que dirigen la actividad de toda una sociedad.

La PNH advierte acerca de la adaptación decreciente a partir de roles mal configurados, sobre la base de respuestas típicas o atípicas inoportunas al no coincidir o adecuarse a la exigencia propia de la situación. Opuestamente, atiende a los cambios no circunstanciales (mero reemplazo de roles, ideología, ensueños) sino significativos; si son tales será porque modifican la estructura conciencia-mundo en dirección evolutiva, unitiva, integradora, no-violenta y no-sufriente, ni para uno mismo ni para los demás.

Para terminar, en forma general, la enfermedad en esta visión puede ser interpretada como la caída ilusoria y dolorosa de la conciencia en la pasividad, ante la impotencia de transformar las distintas situaciones de estrés que propone el sistema social y el mundo de la vida cotidiana.

Victor Frankl[12] ha sostenido la tesis de que, en la esquizofrenia, la conciencia del enfermo ha perdido su cualidad esencialmente activa, deviniendo en mero objeto de fuerzas externas que lo controlan y manejan. Lo mismo podría aplicarse a la paranoia (intencionalidad persecutoria de otros) y la depresión (subestimación del propio esfuerzo, resignación, renuncia a la acción en el mundo externo).

El carácter más o menos grave de la perturbación mental tiene que ver justamente con el grado de reversibilidad de la conciencia humana para aprehenderse y modelarse a sí misma y con su carácter activo en la selección, control y cambio positivo de la situación en el mundo y de los estados internos de la trayectoria vital.

La PNH afirma que lo patológico no es exclusivamente individual sino también social. Reconoce la gran importancia de considerar los tres tiempos de conciencia para el logro de la unidad interna y la relación adecuada con el mundo. Para el pasado propone la integración de contenidos y la reconciliación con uno mismo, para el futuro la apertura de nuevos proyectos y posibilidades de sentido, y para el presente la coherencia entre el pensar, el sentir y el hacer en el mundo.

Al asomarnos desde la PNH a las psicologías clásicas las encontramos en un interesante proceso de humanización, enriquecido por los aportes de las corrientes existencialistas, fenomenológicas, sistémicas y cognitivas, las que aún no terminan de amalgamarse en un todo conceptual coherente y fundamentante.

Sin embargo, diera la impresión que siguen estando mucho más concentradas en el individuo, en la pareja, o en el pequeño trabajo grupal humanitario, antes que en un esfuerzo solidario y genuino de liberación social. Se dirá que este no es el tema de la psicoterapia, pero al haber teóricamente admitido la influencia social en la enfermedad mental resulta contradictorio no acometer la psicoterapia en los mismos términos.

Para la PNH, la psicología y la psicoterapia no se deben limitar tan sólo a una mejora de las condiciones personales, manteniendo las condiciones sociales existentes, sino que se deben orientar hacia lograr una transformación sustantiva de las mismas. Colocar como imagen trazadora de la psicología y la psicoterapia esta meta, produce un perfil de psicólogo muy diferente al que nos tiene acostumbrado la psicología clásica. La PNH se quiere ver a sí misma como una contribución interesante en este intento.

Ahora bien, hay que advertir que la PNH es provisoria: enmarcada en un proceso evolutivo del ser humano, la validez de sus conceptos está inescindiblemente atada a la experiencia. Esto es: en primer lugar, sus conceptos sólo adquieren sentido y se mantienen en función de la experiencia. Si cambia la experiencia, pierden sentido (vigencia) o se modifican. Y esto vale tanto para el individuo como para la humanidad: si eleva su nivel de conciencia, casi todo el aparato teórico actual pierde vigencia (si no la pierde la misma teorización). Dicho de manera simple, esta psicología es para este ser humano actual; si distinto fuera el ser humano, distinta sería la psicología; si el ser humano cambia, deberá cambiar también la psicología.

Y por estar fundada en la experiencia, la PNH no sólo es provisoria sino prescindible. Las evidencias empíricas excluyen la necesidad de lo teórico.


Con lo dicho hasta aquí, se podría sintetizar el concepto de la PNH como la que comprende la conciencia humana como intencionalidad dirigida a la superación del sufrimiento, entendido como las trabas actuales al desarrollo posible de la experiencia humana. La PNH ve al ser humano como un ser capaz de transformar al medio y a sí mismo mediante su intención, en su lucha constante para superar el dolor y el sufrimiento. Para que esto se cumpla, es necesario encontrar un Sentido a la Vida. Pero resulta que, existencialmente, nos está dado un tope a la dirección de nuestra vida: la muerte se alza como valla irremediable a nuestro afán de sentido. La Psicología Trascendental aporta una nueva visión sobre las condiciones que ha de desarrollar la experiencia en la construcción de ese nuevo sentido, que permita alumbrar el paisaje más allá de las limitaciones dadas por nuestro desarrollo actual.

No será suficiente con una búsqueda interna de sentido, sino que además será necesario producir una acción coherente en el mundo, haciendo coincidir lo que se siente con lo que se piensa y se hace, y tratar a los demás del mismo modo en que queremos ser tratados.

Gracias a esa intención, aún débil y vacilante, el ser humano podrá evolucionar en el desarrollo del espíritu, que por inexistente en cuanto tal –en proceso- permanece ajeno al objeto de esta psicología. Es más, en tanto espíritu muy probablemente no pueda ser objeto por ser sujeto pleno. Por lo que ni la misma Psicología Trascendental podría hacerse cargo de su estudio ya que, presumiblemente, la experiencia alcanza un grado tal de desarrollo –otro nivel de conciencia- que no requiere o no habilita el juego teórico. Y, a su vez, todo conocimiento de ese nivel sería inadecuado como dato para niveles inferiores de conciencia, porque la misma PNH está destinada al abandono por vía de su superación, del modo en que, terminado un edificio, se desmonta el andamiaje que sirvió a su construcción.

Esa mínima intención de hacer se corresponde a la primera cuestión que uno debe resolver si se decide a ser humano: si realmente quiere vivir, esto es, si va a sumarse a la corriente de la vida para avanzar en una dirección creciente, porque la Vida pide siempre más Vida.

Este texto está basado en dos escritos:

  • "Acerca de la Psicología del Nuevo Humanismo", de Néstor Tato (Argentina, 2005) y 
  •  "Mas allá de la psicoterapia: la Psicología del Nuevo Humanismo", de Javier Zorrilla Eguren (Phobos, Perú, 2007).

Una versión preliminar de este escrito se leyó en la Facultad de Psicología de la Universidad de Barcelona, en mayo de 2006.

Bibliografía

  • Ammann, Luis A.: "Autoliberación". Argentina, Planeta, 1991.
  • Ergas, Dario: "El sentido del sinsentido". Chile, Virtual Ediciones, 1998.
  • Silo: "Apuntes de Psicología" (1974-2006). Argentina, Ulrica Ediciones, 2006.
  • Silo: "Contribuciones al pensamiento". Argentina, Editorial Planeta, 1990.
  • Silo: "Experiencias Guiadas". España, Plaza y Janés, 1989.

Notas

  1. Silo, "La curación del sufrimiento" (1969) en "Habla Silo", incluido en "Obras Completas, vol. I", España, Ediciones Humanistas.
  2. La teoría esta expuesta en Silo, "Apuntes de psicología", incluido en "Obras completas, vol. II", México, Plaza y Valdés (2002). Algunas aplicaciones se encuentran en: Silo, "Experiencias guiadas", España, Plaza y Janés (1989); así como en Ammann, L.A., "Autoliberación", Argentina, Planeta (1991); y en Ergas D., "Sentido del sinsentido", Chile, Virtual Ediciones (1998). El fundamento filosófico está expuesto en: Silo, "Contribuciones al pensamiento", Argentina, Editorial Planeta (1990).
  3. Silo, "El Paisaje Humano" (2.5: "Lo humano y la mirada externa") en "Humanizar la Tierra", incluido en "Obras completas, vol. I".
  4. "Apuntes…", pp. 34 y 35.
  5. Ver el esquema del psiquismo, en "Autoliberación", pp. 119.
  6. Ver Silo, "Psicología de la imagen", en "Contribuciones al pensamiento", incluido en "Obras Completas, vol. I".
  7. "Apuntes…", pp. 64 y 65.
  8. "Apuntes…", pp. 306 y 307.
  9. "Apuntes…", pp. 302 y 303.
  10. Silo, vocablo "violencia" en "Diccionario del Nuevo Humanismo", incluido en "Obras Completas, vol. II".
  11. "Apuntes…", pp. 24.
  12. Frankl, V. "Psicoanálisis y existencialismo", México, Fondo de Cultura Económica (2001), p. 299.