viernes, 1 de julio de 2011

Visión economicista de los servicios sociales

“Tenemos que recortar, no hay dinero suficiente”, “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, “los mercados exigen reformas” y otras frases relacionadas hemos estado oyendo y leyendo insistentemente durante los últimos años posteriores a la crisis desatada en 2008 (e iniciada varias décadas atrás).


El argumento de la inevitabilidad parece barrer con cualquier otra consideración; el “nada me gustaría más, pero no podemos” en boca de los gobernantes de turno es la excusa perfecta para hacer lo que dictan “los patrones” y hacer tragar a una ciudadanía que cada vez les cree menos (aunque por obra y gracia de los mecanismos electorales pseudodemocráticos nos siguen gobernando los mismos).

Frente a estas barbaridades se pueden oponer argumentos de dos tipos: humanistas y pragmáticos.

Los argumentos humanistas (que deberían ser más que suficientes) nos dicen que la sociedad ha sido y sigue siendo construida por todos (vengan de donde vengan), y que por tanto la salud, la educación y la vivienda (como los principales derechos sociales) son un deber del Estado para con sus ciudadanos, y no una dádiva. La sociedad actual (con sus más y sus menos) no se ha creado gracias a los grandes bancos ni las empresas transnacionales, sino al trabajo de cada uno de sus habitantes durante siglos, y en particular los beneficios sociales han sido el logro de décadas de acumulación histórica. Toda persona tiene derecho a una vivienda digna, a una salud y educación de calidad, sólo por el hecho de ser persona. No se necesita nada más.

Frente a esto se alza el eslogan de la inevitabilidad de los ajustes. Para rebatirlo es necesario recurrir al segundo grupo de argumentos, los pragmáticos. No hay tal “gasto” en educación, salud o vivienda, sino que es una inversión. Cualquier empresario mediocre sabe que su empresa no prosperará si no invierte algo, por mínimo que sea. Sin embargo, nos quieren hacer creer que el futuro será mejor si dejamos de invertir; si las nuevas generaciones tienen peor educación y salud, y viven en casa de sus padres (los que pueden) resulta que todos ganaremos. Es exactamente al revés, una generación más enferma y peor educada no podrá mejorar el futuro (además de que su sacrificio no es elegido).

Los servicios sociales básicos deben ser una prioridad del Estado. Si quieren ahorrar, que empiecen por cualquier otro lugar. Según Ignacio Escobar (“Público”, 26/7/2011), el rescate a las cajas de ahorro costará al Estado español 17.024 millones de euros, once veces más de lo que se ahorra este año al congelar las pensiones (1.500 millones). ¿A esto le llaman ahorro?