sábado, 4 de abril de 2009

Relaciones interpersonales noviolentas


¿Por qué a veces las relaciones interpersonales adoptan un carácter violento? ¿Qué nos empuja a ejercer violencia directa sobre otros? ¿Es la violencia algo connatural al ser humano? ¿Son posibles relaciones noviolentas? Estas son algunas de las preguntas a cuya respuesta intentaremos aproximarnos, sabiendo de antemano que no hay una única respuesta válida.

Violencia

Entendemos a la violencia como la acción ejercida por una o varias personas sobre otras, con el objeto de imponerles una situación, coartando así su libertad y posibilidad de desarrollo como seres humanos. A partir de esta definición, queda claro que la violencia no sólo es física (que va desde el simple golpe hasta la guerra) sino que abarca cualquier campo del quehacer humano: la economía (manifestándose como explotación, chantaje, etc.), la religión y las etnias (que se expresa como discriminación por diferencias culturales, etc.), las relaciones entre géneros y generaciones (violencia machista, discriminación de algún género, negación de posibilidades a los jóvenes, abandono de los ancianos, etc.), la ecología (explotación de unos recursos naturales que perjudican a otras personas, etc.) y, por último, el campo de las relaciones interpersonales, donde la violencia se puede manifestar de muchas maneras: físicamente, psicológicamente, moralmente, etc.

En general, debemos asumir que vivimos en un sistema violento, es decir, un sistema que se impone al conjunto, un sistema que no ha sido elegido por las personas, más allá de que en algunos estados exista una democracia formal, que permite elegir a los gobernantes aunque luego éstos quedan libres para ejercer el poder como mejor les parezca, siendo su único castigo la no reelección. Por otro lado, debemos diferenciar un poder político formal de un poder real que es ejercido sobre todo por el poder económico, que hoy es omnímodo y global. Cuando se convence a las personas de que no hay otras alternativas (gracias al control de la casi totalidad de medios de difusión masiva), desde el sistema se habla de libertad, y cuando las personas no se dejan convencer tan fácilmente, se ejerce la violencia física más radical. Así, podemos hablar de una violencia que está institucionalizada y que, como tal, no tolera los cuestionamientos.

Pero cuando hablamos de relaciones interpersonales, es legítimo preguntarnos si la violencia que se ejerce es equivalente, o está emparentada, a esa otra institucional. Debemos decir que no es equivalente, por cuanto desde el poder la capacidad de ejercer violencia es muy grande, mientras que en las relaciones personales las diferencias de capacidad no son ni mucho menos tan grandes, aun cuando encontramos relaciones desiguales entre padres e hijos, entre generaciones y entre géneros, dependiendo del contexto cultural.

Pero sí afirmamos que están emparentadas, en cuanto a que el sistema global proporciona el ámbito mayor para todas las otras relaciones que se encuentran dentro de él (y no sólo las interpersonales sino también las que se dan entre culturas, entre estados, regiones, etc.). Por tanto, no es tan simple dejar de ejercer violencia sobre otros a nivel personal, dado que hemos nacido y nos hemos formado en un mundo que ya venía con el sello distintivo de la violencia. Decir lo contrario equivaldría a “inmunizar” a las personas frente a la influencia que ejerce el entorno social en el cual todos nos movemos. Pero decir que ejercemos violencia “porque el sistema es violento” se antoja como una justificación al propio comportamiento, y negaría la capacidad de decisión individual que, en última instancia, todos tenemos.

La violencia, como fenómeno individual, hunde sus raíces en el sufrimiento mental, particularmente en aquel que es consecuencia de un sentimiento de contradicción interior. Esta contradicción surge cuando se piensa una cosa, se siente otra y finalmente se actúa una tercera, o bien sobreviene una parálisis que tarde o temprano acaba explotando. Dado que se nace en un mundo ya socializado, un “paisaje humano” con sus creencias, sus valores, sus reglas, es imposible separar lo que ocurre en un individuo de lo que ocurre en el medio; las explicaciones psicológicas al comportamiento violento son insuficientes, del mismo modo que lo son las teorías sociológicas donde el ser humano ve diluida su intencionalidad. En este medio en el que se nace, la persona se va desarrollando, intentando adaptarse a las condiciones sociales a la vez que intenta adecuar esas condiciones a sus propios intereses. Esta lucha, en el marco de un sistema violento, necesariamente ofrece alternativas violentas al individuo. El otro no es un “hermano de causa” sino alguien que, en determinados momentos, puede personificar aquello que sentimos nos restringe, nos limita, nos coarta.

Es en esta situación donde surge la respuesta violenta, que puede ser momentánea, catártica, o bien puede ir tejiendo, por acumulación, una ideología que justifica la violencia sobre el otro, como “legítimo derecho” de cada uno. Esta ideología, alimentada por el sistema y retroalimentada por cada persona que la asume como propia, justifica la venganza (recalificada como “justicia”), la explotación (bautizada como “libertad económica”), la discriminación étnica (en nombre de la civilización y la moral), sexual (por la tradición) y generacional (por la ausencia de experiencia de los jóvenes y la falta de productividad de los ancianos), etc. Esta ideología contrapone la competencia a la cooperación. Los niños compiten por ser “los mejores”, los adultos por un puesto de trabajo, una pareja, una posesión... El otro no es un fin en sí mismo, un igual, sino un medio para conseguir mis propios fines, cuya justificación es oscura, difusa e irracional. ¿Cómo saldremos de esta compleja red que nos tiene atrapados?

Noviolencia

Afortunadamente, el ser humano no es simple reflejo de su medio; no sólo tiene capacidad de acción individual sino también influencia sobre ese mismo medio. Desde tiempos antiguos se ha ido enunciando la “Regla de oro” de distintas formas: “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, “haz que el otro sea un fin en sí mismo y no un medio para un fin”, “trata a los demás como quieres que te traten”... En casi todas las culturas existe esta regla, que ha sido cumplida de manera esporádica y desigual, pero siempre ha venido acompañando al ser humano como ideal, un ideal que hoy día se antoja como imposible para la mayoría de las personas, pero que no obstante nos sigue guiando hacia el futuro.

Si reconozco al otro como ser humano igual que yo, como par, debo hacer el esfuerzo de ponerme en su lugar, de comprenderlo “desde él” y no juzgarlo desde mi dudosa moral. No es fácil ponerse en el lugar del otro; es quizás un ideal inalcanzable, pues el otro tiene su historia, sus gustos, sus pasiones, su cuerpo distinto al mío... No obstante, hay algo que nos trasciende, algo que nos hermana, hay un plano en el cual somos absolutamente iguales. Si consigo colocarme en ese plano, o cuando menos atisbarlo, intuirlo, me resultará fácil ver y sentir al otro como lo que es: un ser humano igual que yo, con el mismo abismo bajo sus pies, y con el mismo destino luminoso encima de su cabeza.

Así como la violencia no es “natural” en el ser humano, tampoco lo es la noviolencia. Noviolencia no es simplemente ausencia de violencia; es una actitud activa hacia el otro, un intento de conectarme con el otro desde un lugar más profundo, desde lo mejor de mí, desde mis mayores aspiraciones, mis mejores sentimientos, mis pensamientos más elevados.

¿Cómo haré entonces cuando el otro venga hacia mí con violencia? ¿Ejerceré mi “derecho a la venganza”, amparado en siglos de historia violenta cuyo resultado es nefasto? ¿O intentaré salir de la red que me propone el sistema, eligiendo mi conducta, reafirmando mi libertad como ser humano? Porque si las relaciones personales son recíprocas, la conducta violenta o noviolenta no lo es. El que el otro ejerza violencia sobre mí o sobre otros no me justifica ni me ampara, y si yo respondo de igual manera, me estaré cosificando, negando aquello más humano que hay en mí, que es la capacidad de elegir mi respuesta. Si elijo la violencia como forma de relación, no seré yo quien elige, sino el sistema encarnado en mí. Por el contrario, elegir la respuesta noviolenta es ir contra la corriente, es ejercer mi libertad, es dar una posibilidad al cambio de signo en la sociedad actual.

La dirección hacia la reconciliación es la única que puede romper el círculo vicioso; la búsqueda de la comprensión de la conducta del otro (que no su justificación) me permitirá acercarme a él desde otro ángulo, verlo con otra perspectiva y liberarme de la compulsión violenta, liberándome al mismo tiempo del sufrimiento mental que siempre la acompaña.

El ser humano se constituye en su hacer, y es allí donde va eligiendo entre estos dos polos, construyendo un camino en una u otra dirección. He aquí nuestra principal decisión: ¿en qué dirección queremos avanzar... o retroceder? ¿Hacia un futuro de competencia y lucha fratricida, en persecución del vacío del sin-sentido? ¿O hacia un mundo de iguales oportunidades para todos, sin prejuicios, un mundo de cooperación entre individuos y entre pueblos? Una Nación Humana Universal, donde cada ser humano se reconozca a sí mismo como tal, con plena libertad para desarrollarse en conjunto con los demás, donde el otro sea mi apoyo y mi blanco de libertad.
 
Leído en el Simposio europeo del Centro Mundial de Estudios Humanistas sobre "Noviolencia",
Parques de Estudio y Reflexión Attigliano (Italia), abril 2009