viernes, 14 de noviembre de 2008

Ética de la acción válida


Se suele hablar de la ética dando por sentado que ciertas cosas son éticas y otras no lo son. Sin embargo, podríamos empezar por definir qué entendemos por “ética”.

Existen distintas variantes de la definición de este término. Una de ellas, que vamos a utilizar hoy, define a la ética como el conjunto de valores que una persona tiene, que le indican qué está bien y qué está mal (sin entrar a discutir los términos bien y mal, que darían para otro simposio).

Por otro lado, la moral es más social y, en términos generales, pretende dar una orientación a la conducta humana, en búsqueda de la felicidad común. Seguramente esto que acabo de decir sería discutible, pero nadie podrá discutir que se persigue como mínimo una convivencia entre los seres humanos, para lo cual a veces será necesario supeditar la felicidad personal en función del bien común (según la mayoría de las morales elaboradas a lo largo de la historia y hoy todavía vigentes). Esto nos habla, por un lado, de la imagen habitual que se tiene de la felicidad (quizás muy cercana al placer), y por otro de que esta visión contrapone la felicidad de una persona a la del conjunto de la comunidad, que así parecen casi incompatibles. Este punto de vista, posiblemente, haya dificultado mucho la aplicación en la práctica de los sistemas morales, y nos ha llevado a la situación actual, en la cual “parece” no haber ninguna moral. Por esto es que, para resolver este problema, se proponen distintos grados de represión social, sin los cuales la mayoría de las personas del planeta es incapaz de imaginar una sociedad humana.

Si aceptáramos estas definiciones tal cual, la ética sería una cosa muy personal y cada individuo tendría la suya. De todos modos, ocurre que nacemos en un medio social que ya tiene unas escalas de valores más o menos instituidas, y por tanto las personas solemos adoptar valores a partir de esas escalas que existían previamente, aun cuando las adaptemos a nuestro parecer.

Retomando el punto inicial, si cada persona tiene su ética particular (aunque coincidente con la de otras personas), descubriremos que aquello que una persona hace coincide con “su” escala de valores, o sea es ético “para él o ella”. Así, cuando una persona dice que algo que hacen otros no es ético, lo que está diciendo es que no coincide con su escala de valores. Pero inevitablemente cada persona actúa con ética, la suya.

De modo que nos encontramos con el problema de cómo definir una ética universal, dado que por lo que vimos hasta ahora, y lo que vemos a nuestro alrededor, éticas hay muchas, y unas cuantas de ellas pugnan por imponerse a las otras.

Sistemas éticos

Durante su historia, el ser humano ha desarrollado muchos sistemas éticos. Podemos empezar clasificándolos en dos grupos: aquellos que parten de una revelación y aquellos que podemos llamar laicos.

Entre los que parten de revelaciones se encuentran las religiones judía, cristiana y musulmana. Justificar una moral a partir de una revelación divina puede ser muy eficaz en determinados momentos históricos, sobre todo si se acompaña del insuflamiento del temor a Dios. Como vemos, ese sistema ético se impondrá más por la represión (o el temor a ella) que por convencimiento propio. Por otro lado, esta ética es arbitraria, ya que no abarca todas las posibles conductas ni da parámetros claros, de modo que se genera una casta entre quienes supuestamente saben cómo aplicarla. Estamos cansados de ver bandos religiosos que luchan entre ellos, a pesar de profesar supuestamente la misma religión y por tanto la misma ética.

Sistemas éticos laicos ha habido muchos a lo largo de la historia. Siddharta Gautama, el Buda, ya proponía una ética, indicando que era necesario cumplirla para salir de la rueda de las reencarnaciones y alcanzar el Nirvana. También Platón, Aristóteles, Confucio o Mahavira (todos ellos de la misma época) propusieron éticas no basadas en revelaciones sino en unos deberes familiares y cívicos (Confucio), en un ideal de belleza (Platón), en unas virtudes particulares (Aristóteles) o nuevamente en pos de una liberación interior (Mahavira).

Todas estas éticas tienen el común denominador de que se basan en axiomas: revelación divina, deberes, virtudes o ideales que no se discuten, a partir de los cuales se elaboran las morales.

Mucho más recientemente, en el siglo XVIII, Kant propuso como ética basada en la razón el imperativo categórico, que dice más o menos que uno debería hacer siempre aquello que considerase válido como máxima universal, o sea para cualquier persona de cualquier lugar y época; dicho de otro modo, aquello que era éticamente bueno para uno, debía serlo también para todos los demás. Como comprobamos a diario, esta ética no se aplica hoy día, puesto que estamos cansados de “oír hablar” de una moral, pero ver actuar de manera completamente opuesta. No obstante, esta conducta no nos debe hacer creer que esas personas no tienen ética, sino que sí la tienen, pero como no coincide con una moral que está mejor vista socialmente, hablan de esta moral pero actúan según su ética personal.

Ética de la acción válida

El problema de la felicidad personal oponiéndose a la social no ocurre con la ética propuesta por Silo. En el capítulo XIII de su libro “La Mirada Interna”, Silo enuncia 12 “Principios de acción válida”. Todos estos principios están formulados en términos que una conducta “te encadena” mientras que la opuesta “te libera”. Ese encadenamiento se refiere al sufrimiento, y la liberación es también del sufrimiento, o sea hacia la felicidad. De modo que tenemos aquí un sistema que no dice qué debe hacer uno, sino que da unos parámetros de conducta que, si son aplicados, resultan en una liberación del sufrimiento personal y también redundan beneficiosamente en la convivencia social.

La clave de esta propuesta está en que se apoya en un sentimiento personal, que todos los seres humanos tenemos, que nos indica (a nivel psicológico y a veces hasta físico) que estamos haciendo algo inadecuado, que nos está provocando sufrimiento a nosotros y a quienes nos rodean. De hecho, esta ética toma el sufrimiento como indicador de error en la conducta. Aquí ya no se habla de pecados, ni de revelaciones, ni de castigos ni de deberes, sino de un registro personal de sufrimiento que aparece cuando obramos equivocadamente, cuando somos incoherentes entre lo que sentimos, pensamos y hacemos, y en cómo tratamos a los demás.

La ética propuesta por Silo es universal (al igual que la de Kant, con la cual coincide en muchos aspectos pero no en todos) ya que sirve para cualquier persona en cualquier situación, lugar y época. Para aplicarla es necesario aprender a observarse con detenimiento y humildad, para descubrir en uno mismo el registro de unidad o contradicción.

Quizás el principio más importante enunciado por Silo sea “Cuando tratas a los demás como quieres que te traten, te liberas”. Esto no es más que un nuevo enunciado de la vieja regla de oro, que está presente en casi todas las éticas. No obstante, Silo lo formula en los términos antes mencionados de liberación o encadenamiento al sufrimiento, lo cual le da un matiz muy importante, puesto que no se trata de una obligación moral, sino de una sugerencia de conducta de la máxima importancia para la vida de uno y del ser humano en sociedad.

Ya iniciado el siglo XXI, el ser humano está en condiciones de empezar a construir su ética a partir de sus propios registros, que son universales para todos los humanos. Para ello, debe buscar en su interior hasta conectar con eso profundo y maravilloso, donde ética y felicidad encuentran su hogar común.

Leído en el I Simposio del Centro Mundial de Estudios Humanistas "Ética en el conocimiento", Parques de Estudio y Reflexión "Punta de Vacas" (Argentina), 2008.